HACIA LA SENDA DE LA MUERTE


Hacia la senda de la muerte

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

05/07/2006

Una personalidad autoritaria es aquella que cree que piensa en términos de blanco y negro. Blanco es el grupo-nosotros; negro es el grupo-ellos. Por consiguiente, rechaza con violencia todo lo diferente. Se opone violentamente al examen de sí mismo; nunca inquiere sus motivos personales. Su propio sistema de valores revela un poderoso afán de poder; pero siempre acusa a los demás de aspirar al poder, de organizar complots. No siente piedad alguna por los pobres. Su vida emocional es esencialmente fría y superficial. Rechaza por destructivas las actitudes críticas; pero en sus fantasías espontáneas se revelan fuertes tendencias destructivas. Piensa en términos de catástrofes mundiales, y ve en todas partes fuerzas del mal en acción. Se interesa más por los medios que por los fines. Es manipulador. Atribuye una importancia exagerada a las ideas de pureza, claridad, limpieza y otras características parecidas. Y, aunque parezca psicológicamente bien ajustado, sus síntomas son más psicóticos que neuróticos. Cree en una serie de ideas que, aunque generalmente aceptadas por los individuos de su tipo, se aproximan en los casos extremos a la falsedad pura y simple (conspiración internacional).

 

Los rasgos anteriormente enunciados fueron formulados por Mark Horkheimer y Theodore W. Adorno, cuando se propusieron estudiar la personalidad autoritaria a la luz de lo que estaba ocurriendo en Alemania con la insurgencia de Adolf Hitler y el nacionalsocialismo. Por lo tanto, no es la primera vez que surge la interrogante de quienes son capaces de defraudar la confianza democrática y encauzar a un país por la senda de los errores, la ruina y la muerte. Tampoco es la primera vez que a esta primera pregunta se le sume otra de igual importancia. ¿Por qué sociedades enteras se dejan seducir por este tipo de temperamentos? Este fue el caso de Alemania. A pesar de las difíciles circunstancias de la posguerra, nadie dudaba que ese país tuviese las reservas morales suficientes para rebatir cualquier reto proveniente de los sectores más oscuros y radicales. Y sin embargo, poco a poco fueron abriéndose paso hasta llegar a dominar a todo el país, armarse, ir a la guerra, practicar el exterminio y recibir la más contundente derrota. Pero tuvieron que esperar que Hitler se diera un tiro en la sien para proceder a una rendición que para ese momento resultaba fatal.

 

¿Y por qué nosotros? Tal vez el producto de una confluencia maléfica. El mejor momento de la renta petrolera; descapitalización institucional aguda; la peor conducción política posible; resentimiento social difundido; Y un liderazgo carismático disfuncional, profundamente autoritario al frente del gobierno. Como se lamenta Macduff en Macbeth: “¡Ay, pobre patria mía, sangra, sangra! Tú, gran tiranía, consolida tu base con firmeza, puesto que la virtud no ha de osar enfrentarse. Viste tus agravios, ¡Se ha confirmado tu poder!”

 

Nuestro presidente corre solo. Él y sus propias contradicciones son nuestra esperanza de redención. Mientras salta de un país a otro regalando los recursos que a nosotros nos hacen falta. En tanto que aquí vivimos el drama de la suciedad, la ordinariez, la pobreza, el desempleo y la indigencia, nuestro presidente regala aquí y allá; ofrece en África un banco y una señal de televisión. Dota hospitales completos mientras que nuestros indígenas están condenados a vivir en una esquina, mostrando sus miserias. Pero ninguno de sus errores, ligerezas y contradicciones nos asombran. La oposición está muerta, resignada a la peor de las catástrofes, esperando el próximo anuncio, sin que nadie se conmueva. Oposición que no solamente son los partidos y candidatos, sino que esencialmente somos nosotros, resentidos y anecotímicos. Pero no ha sido la primera vez, que sociedades enteras caen abatidas por el narcótico del fatalismo. Shakespeare lo proclamaba con tristeza en su Macbeth. “¡Pobre patria mía! Casi siente temor cuando se reconoce. No se puede llamarle madre sino nuestra tumba. Donde nadie sonríe nunca excepto quienes nada saben; donde suspiros y lamentos y gemidos que desgarran el aire surgen sin que lo advierta nadie, donde el dolor violento parece un éxtasis común. Sueñan tañidos por un hombre muerto y no pregunta nadie por quien es, y la vida de hombres honorables se extingue antes que las flores en sus caperuzas y mueren antes de enfermar”. Somos nosotros, indolentes e hipercríticos, dedicados a corroer nuestras propias entrañas, mientras nuestro presidente corre solo, él y sus contradicciones.

 

 

 

 

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