Manual mínimo de sobrevivencia




Manual mínimo de sobrevivencia
Por: Víctor Maldonado C.
Twitter: @vjmc
09/10/2016

Cada quien tiene su propia receta. Ninguno de los héroes cotidianos se permite la evasión. Todos ellos saben lo que se están jugando. Nada más y nada menos que la vida con el paso de los días. Nada especialmente rimbombante. Ninguna acción que, en particular, suene especialmente extraordinaria, pero que permite ese algo más que nos deslinda del que ha perdido toda esperanza. No es la huida lo que los caracteriza. Y ya se sabe que las peores fugas son hacia un interior que nos aísla dentro de las fuertes barreras del resentimiento. Son muchas y variados los modelos, pero cada una de ellos muestra el talante invencible de los venezolanos en el intento de preservarse, no sólo como individuos, sino como un país que tiene futuro.

Modelo 1. Ellos son la mejor sinfonía del amor perfecto. Ella no se amilana a pesar de que todos los días tiene que asumir que su esposo está irremediablemente enfermo. Él es su mejor complemento. Ambos son ese nudo bello que se fortalece con el paso de los años. Ambos comparten la angustia de un país lleno de escasez y carencias. Ambos habrán sentido ese miedo por un destino que luce irrevocable. Todos los días parece presentarse como un desafío que muchas veces parece insuperable. Pero cada mañana comienza con una sonrisa y la ratificación de un compromiso irreductible que se reafirma entre ellos, y de ellos con el país. Ella trabaja por los dos. El reza y vela por ambos. Y juntos son el centro de su familia y un aporte constante al país que se traduce en pensamiento claro y acción consistente. Ellos juntos son mucho más que dos. Son inmensidad de lecciones de fe, esperanza y caridad que solo el amor irevocable puede refrendar. Ellos son un modelo a seguir. Su secreto es la confianza en Dios y la serena sobriedad con la que asumen su realidad sin dejar por un momento el compromiso de ser útiles y productivos.

Modelo 2. Él es biólogo y chef exitoso. Pero una lesión laboral le impidió seguir en la cocina de un afamado restaurante caraqueño. ¿Qué hago ahora? Fue la pregunta que le atormentó por un tiempo. Necesitaba urgentemente canalizar todas esas energías, ahora desgastadas por inactividad y falta de proyecto alternativo. La vida le había agotado el camino y ahora le correspondía a él intentar abrir trochas, comenzar de nuevo, reinventarse rápidamente y seguir adelante. Ahora es profesor en un colegio de Caracas. Ahora alimenta esas ganas de conocer que es propia de los jóvenes en formación. Y no lo hace como si viviera una caída colosal sino con el disfrute de experimentar una nueva etapa en el mismo compartir.  Su receta es su propia capacidad para reinventarse sin perder el ánimo.

Modelo 3. Su hijo es perseguido político. Uno de los miles de jóvenes que han sido procesados por el régimen. Sufre esa entropía de verse sometido a la cuerda floja de un juicio que se retarda maquiavélicamente para lograr esa desmovilización que conviene al poder indebido. Cada perseguido padece esa herida que solamente causa la injusticia. Cada una de esas familias laceradas por la tiranía sufre los impactos con estoicismo y fortaleza. Ellos han sentido ese puño de hierro, gélido y tortuoso, que quiere asfixiar la esperanza. Empero allí siguen, los padres “haciendo de tripas corazón” y el joven buscando opciones en la larga pausa, alternativas para seguir formándose, coraje para no renunciar a tener un proyecto de vida en un país en el que nadie tiene nada garantizado.  A veces los limones que caen del cielo son tan ácidos que no sirven ni para hacer limonadas. A veces la cuerda se tensa demasiado. Lo sorprendente es que aquí sigan. A veces más impactados por una tormenta que no termina de amainar, pero siempre prestos a recuperar el sosiego. Su fórmula es no caer en el abatimiento que paraliza, alternar las lágrimas con la sonrisa, compensar la angustia de unos con la entereza de otros, dejar fluir y al final mantenerse firmes. 

Modelo 4. Él está por concluir su bachillerato. Y quiere estudiar medicina. Sus padres lo miran con asombro. ¿Medicina? ¿En este país? El joven les respondió afirmativamente. “Quiero estudiar medicina, y lo voy a hacer aquí, a pesar del cerco que padecen las universidades y de la degradación obvia de su infraestructura”. Ellos asintieron pensando en que debían ver más allá de las apariencias para apreciar los esfuerzos de una institución que sigue realizando su misión a pesar de los bloqueos. La institución resiste y se alimenta de la esperanza tanto como se afecta con el descrédito. Estudiar medicina es una clara vocación de servicio público. Intentarlo aquí y ahora es un himno al optimismo. Pero sucede que más allá del discurso deslustrado de los que tiraron a el país a pérdida lo que nos dice el paso de un día tras otro es que las instituciones resisten y siguen haciendo todos los días lo que están llamadas a hacer. Su técnica es una síntesis virtuosa entre la resistencia y el optimismo. La resistencia se afirma en el optimismo y el optimismo se afirma en la resistencia. Es un gran pacto social que produce miles de profesionales, buena parte de ellos comprometidos con el relanzamiento del país.

Modelo 5. Son un equipo de cinco médicos octogenarios. Trabajan en una clínica de la capital y atienden casos de cáncer. Entre ellos son una comunidad científica a la antigua usanza. Todos los días son los primeros que llegan y los últimos en retirarse. Ya se nota el cansancio de más de cincuenta años de ejercicio profesional, tanto como la inmensa sabiduría que en ellos está acumulada. Ellos no se preguntan demasiado sobre qué puede haber pasado con los demás, no tienen tiempo para eso. A ellos los mueve la necesidad de ayuda que ven en sus pacientes y sus ganas de “echar el resto hasta que Dios quiera”. Son como un haz de trigo, tan fuertes como el grupo que han constituido, imbatibles y eficaces porque están juntos, acompañados más allá de la viudez, la soledad de la vejez y el desgaste por tantos años de lucha. Su secreto es el foco disciplinado que ponen en lo que hacen. Ellos saben que no hay día malo para hacer lo debido. Disfrutan y se complementan sin complejos, se cuidan entre ellos, y así transforman sus debilidades en fuerza.

Modelo 6. Ella es madre soltera. Separada del padre de su hijo, todavía sufre los estertores de una separación dolorosa. Ella vive lejos, tiene un trabajo con poca estabilidad y un hijo que mantener. Ella es filósofa. Cree en la libertad y vive con la dignidad impoluta de los que no se dejan arredrar por la vida. Intenta cuadrar un rompecabezas difícil, pero tiene claras sus prioridades. Su hijo estudiando, cueste lo que cueste, y ella buscando opciones que no degraden su derecho a pensar, reflexionar y prosperar. Ella sonríe, lucha y vive. Para todo tiene tiempo. La sostiene el coraje con el que asume objetivamente su realidad. Ella saldrá adelante.

Todos esos modelos son lecciones de vida. Hay por lo menos 30 millones de experiencias similares en Venezuela. Cada venezolano es una lección a seguir. Unas más preclaras que otras, unas exitosas y otras no tanto, pero todas haciendo de este país su propia razón para terminar siendo imbatible. Hablar del país infranqueable es referirnos a sus hombres y mujeres que aquí transcurren con el heroísmo cotidiano de no dejarse vencer. Cientos de miles son empresarios que no tiran la toalla. Millones de ellos se levantan muy temprano para ir a trabajar en esas empresas. Otros tantos salen todos los días a rebuscarse la vida sin tener certezas. Los menos son los que hacen daño, los que practican la maldad y están captados por la delincuencia. Los más somos gente de bien que se admira por seguir aquí, ama a su país y lo mantiene vigente aun sin tener claro por qué y cómo lo hace.

Estamos hablando de familias que se sostienen en la adversidad, de proyectos de vida que no se detienen a pesar de los descalabros, de la sonrisa que ahora es más valiosa porque es más difícil, de las lágrimas que entre todos nos enjuagamos mientras nos abrazamos, de la celebración de la vida cuando el caso nos lo permite y de la fraternidad que practicamos cuando se tratan de grandes tragedias, que se vuelven minúsculas cuando todos aportamos algo. Venezuela es bella por sus paisajes, sus aves que surcan nuestros cielos y su desmesura recursiva, a veces engañosa. Pero eso no es lo que nos hace trascendentes. Lo que nos transforma en imbatibles es la confianza en Dios, la serena sobriedad, el compromiso de ser útiles y productivos, nuestra capacidad para reinventarnos, nuestra fortaleza gregaria, la firmeza con la que resistimos la adversidad, el optimismo y el buen ánimo, la disciplina y el foco en nuestras propias responsabilidades y una gran dosis de realismo.

Lo que nos hace diferentes es que el amor priva. El amor que se refleja en nuestra persistencia y nuestra incapacidad para abandonar el compromiso con los que dependen de nosotros. El amor que se adapta y reconfigura todos los días. El amor que es exigente y generoso. El amor que es entrega desinteresada y esfuerzo de largo aliento. El amor que por sus montos no ha permitido que aquí se asiente con pretensiones definitivas ni la oscuridad ni los odios. El luminoso amor que se practica sin aspavientos, todos los días, haciendo lo debido, asumiendo la vida como va viniendo, con más coraje que miedo, confiados en Dios y convencidos de que al final los mejores, que somos mayoría, nos impondremos. Son más los que enfrentan que los que huyen. Somos muchos más los buenos que los malos. Muchos más los que resistimos que los que se han vendido. Y esa mayoría hará al final la diferencia.









Comentarios

Entradas populares de este blog

De un ciudadano libre a la Fracción 16 de Julio

El silencio de Dios

La irrelevancia contumaz