El desguace es inminente


El desguace es inminente
Por: Víctor Maldonado C.
Twitter: @vjmc

Desguace es desmantelamiento y separación de lo que antes se ha convertido en chatarra. La palabra viene al caso para entender el momento terminal del socialismo del siglo XXI. Está operando en él un proceso disolvente y al final será víctima de las leyes de la entropía por las cuales “toda forma de organización se mueve hacia su desorganización y muerte”. Esta tendencia inexorable al desorden tiene un indicador certero: el régimen gasta más energía de la que puede producir. En algún momento el agotamiento de las posibilidades y recursos será total. En el transcurso, la escasa energía que produce no la pone a disposición de la estabilidad del sistema, sino que la despilfarra en represión y en corrupción. Los rendimientos decrecientes de sus estratagemas le hacen pagar un costo creciente a sus intentos de permanecer en el poder, pero no le es posible controlar las demandas insatisfechas de diferentes sectores sociales. Al final, los factores de los que se sirve para apuntalarse también se desmoronan. En ese momento no hay otra alternativa que su disolución.

El socialismo del siglo XXI es una intentona totalitaria que no tiene ningún incentivo para reformarse o siquiera manejar mejor la economía y la sociedad. Entre otras cosas porque sus sistemas de retroalimentación y feedback están corrompidos por tres razones: los intereses propios de la coalición dirigente, interesada solamente en mantener su posición de dominio y seguir saqueando lo que queda de los recursos del país. La ceguera ideológica provista por el marxismo castrista que profesan. Y una oposición hecha a la medida de sus ambiciones, delimitada en su agenda, concentrada en ser el interlocutor del régimen, y empeñada en mantenerse dentro de los márgenes de la corrección política. Esta oposición domesticada también le envía señales equívocas al régimen. El régimen actúa a ciegas, pero es una ceguera intencionada y maléfica, que renuncia al cálculo de los costos en vidas y sufrimientos, que se hace indiferente ante el padecimiento social y que, por lo visto, tampoco le interesa dejar al país yermo e infecundo.

Hay en todo socialista una psicología compleja y feroz. Por una parte, quieren retener el poder y por la otra hacen todo lo posible para socavar cualquier posibilidad de lograrlo. Son apocalípticos de vocación, tienen una fuerte tendencia al suicidio político y no les queda otra posibilidad que vivir al día, haciendo de cada momento una apoteosis al absurdo, tratando de dominar leyes inexorables que nadie ha podido sortear. El socialismo del siglo XXI es irreformable porque tiene limitaciones tajantes en el plano de las ideas. Lo mismo ocurre en el plano de las condiciones objetivas en las que tratan de instrumentar esas ideas. Pero eso no es todo. También porque carecen del talento apropiado para intentar los cambios.

Ejemplos sobran, pero hay uno que retrata perfectamente la tragicomedia que dirige Nicolás Maduro. Nadie consciente del desastre que está provocando dice estar orgulloso de tener como asesor “al Jesucristo de la economía”, un profesor español, Alfredo Serrano Mancilla, quien, a su juicio, ha realizado “aportes notables al sentido común de la economía venezolana”. ¿Cuál sentido común? Una economía que ha puesto al mundo a pensar que es necesaria una injerencia humanitaria, que mata de hambre a sus ciudadanos, que es igualmente incapaz de contener viejas epidemias y que tiene al borde del colapso a los servicios públicos, es narrada por el responsable de toda esta trama como casi un milagro.

Por eso no resulta razonable pretender que haya algo que se pueda hacer para lograr la contrición del régimen, ni para que se vaya por las buenas, ni para que se vuelva menos inhumano. Ambas limitaciones son intrínsecas a su propia naturaleza. ¿Cómo reformar al caos para que sea menos caótico? ¿Cómo pretender que los únicos beneficiarios del desorden cuasi perfecto estén dispuestos al cambio necesario? ¿Cómo sortear el sabotaje perfecto, la complicidad sistémica y la guerra permanente que mantienen ellos mismos contra cualquier intento de sensatez? ¿Cómo atenuar la resistencia de la burocracia oficial que lucha denodadamente para mantener sus privilegios, su empoderamiento, su espacio de dominio absoluto? ¿Cómo bajar por la vía del diálogo o elecciones a una clase política que se lucra descaradamente, vive con riquezas obscenas, y ha construido para sí una realidad paralela, oscura, difusa, donde todo es posible? No es desde el guión del colaboracionismo que se va a lograr algún cambio.

¿Alguien cree que el socialismo del siglo XXI va a reformarse para dar mas libertad a los ciudadanos cuando todo indica que odia la libertad y hace todo lo posible para degradarla hasta hacerla una ficción imposible de experimentar? ¿Alguien cree que este régimen tiene algún interés en procurar bienestar a los ciudadanos cuando ha organizado un sistema de escasez que le proporciona control social y oportunidades infinitas de corrupción? ¿Alguien puede creer que el chavismo Diosdado-madurista tiene ganas de estimular la producción privada cuando han montado una trama de intereses alrededor de las compras públicas de la que se benefician abundantemente? ¿Alguien puede pensar que ellos tengan interés en contarse cuando se han apalancado en la fuerza pura y dura hasta convertirla en la significación dominante de la experiencia ciudadana? El régimen está engolosinado por las mieles producidas por sus propios aguijones.

El socialismo del siglo XXI no tiene incentivos para su salida. Pero cuidado, no los tiene porque su sistema de inteligencia no transmite la información apropiadamente y se reduce a silenciar y negar cualquier rasgo de la realidad que les resulte incómodo. Como suele ocurrir, versionan la realidad, la convierten en un eufemismo, inventan razones, justifican las consecuencias y se arrinconan en la propaganda, que progresivamente luce bárbaramente disonante. Como lo plantean las teorías, estas cúpulas podridas se niegan a escuchar razones y transforman en enemigo mortal al que les trae malas noticias. Que ellos no reconozcan la gravedad de su propia situación no la hace más llevadera. Puede reventar, desde adentro, si el desorden del resto de la sociedad, la que no esta en la dimensión de los privilegios, sobrepasa todos los límites. Y dentro de esos extremos estamos viviendo.

Cuenta Gorbachov en una de sus entrevistas que la URRSS cayó porque “al centro le faltaban capacidades para vigilar y hacer todo y mandar”. La planificación central incapacita. En otra reconoce que el socialismo era “un modelo que aplastaba al hombre, menospreciaba su dignidad, que ataba su pensar. Es un Estado de campo de concentración permanente, con la psicología de una fortaleza, de una ciudadela sitiada, un campo de concentración en diferentes etapas, de diferente modo, pero siempre con el monopolio de un solo partido, de una sola ideología, el no reconocimiento de otras ideas y pensamientos, lo que aplastaba la vida real, la cosa viva…”. El desprecio por la libertad convierte a los socialismos en una degollina sistemática, que no tiene regreso a la decencia y a la humanidad. Un sistema así es incompatible con cualquier proceso de cambio y con la exigencia de transparencia. Recordemos que el himno a la impunidad absoluta comienza con la siguiente estrofa “dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada”.

Un régimen así hay que desguazarlo. Es chatarra que terminará fundida y sin otro valor que lo que el espacio que ocupe en el basurero de la historia, de donde cada cierto tiempo lo sacan los demagogos y los cultores del populismo. Por eso un grito recorre el continente latinoamericano: ¡Maduro vete ya!
@vjmc

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