Falsos juramentos


Falsos juramentos
Por: Víctor Maldonado C.

El ejercicio del poder siempre es precario. Que se mantenga más o menos depende de una mezcla de atributos característicos del que gobierna, y por supuesto, de la fortuna. El gobernante debe esforzarse en mantener satisfechos a sus ciudadanos por lo que no puede desentenderse del deber de la eficacia. Que la gente sienta que tiene vigentes sus derechos elementales es, por lo tanto, crucial. Comer completo, pensar con libertad y expresarse sin miedo son tal vez los mínimos indispensables. Que se cumplan las leyes, se favorezca el libre mercado y se respete el derecho de propiedad son igualmente necesarios. Y que el ejercicio de la ciudadanía, la preocupación por lo público no encuentre obstáculos, termina definiendo y dándole vigor a una sociedad de hombres libres.

Pero en Venezuela ocurre lo contrario. La gente sobrevive precariamente porque el poder ha traicionado sus compromisos y se ha convertido en un mecanismo voraz que no consigue ningún quicio. Totalmente corrompido, su ejercicio se ha transformado en un fardo insoportable porque resulta absolutamente ineficaz para la satisfacción de las expectativas ciudadanas. En eso consiste la tiranía. Norberto Bobbio la concibe como un gobierno irresponsable, y por tanto naturalmente arbitrario, lo cual es cierto. Pero además, el tirano tiene ciertos rasgos viciosos que lo hacen consistente con el ejercicio degradado del poder. Es importante denotarlo porque las tiranías son depredadoras de las instituciones. Es un ejercicio personal y depravado del poder. No le sirve a nadie. Y para que eso termine siendo así deben estar presentes ciertas características psicológicas.
Prepotencia, envidia y maldad son parte de esa fenomenología que los hace tan ubicuos. El complejo de superioridad los hace presas del culto a la personalidad hasta cotas vergonzosas. La envidia es una expresión del resentimiento que los hace querer exterminar cualquier alusión a lo que verdaderamente son en relación con los demás. Y la perversidad es el resultado. Por eso señalaba Platón que “la tiranía es la forma ínfima con la cual la degradación toca el fondo”.

Pero una tiranía ineficaz y criminal va sumando defecciones y desafíos. Las relaciones entre los hombres no son matemáticas sino humanas. Por eso los tiranos, confiados a su fuerza y al ejercicio indebido de la crueldad, no atinan a ver que hay una relación inversamente proporcional entre el uso de la fuerza y su tiempo de permanencia al frente del gobierno. No hay régimen que se sostenga sin que sus ciudadanos crean y apuesten por su validez. Una demostración irrefutable de lo dicho ocurrió el pasado domingo 20 de mayo. A pesar de los falsos dilemas centrados en el ejercicio del voto, a pesar de la conspiración mediática para hacer pasar por buena lo que era una patraña, lo cierto es que nadie acompañó como comparsa. Llegado el momento poco importó que se hubiera montado un sistema para la extorsión y el condicionamiento de lo que todos necesitamos para sobrevivir. Tampoco fue suficiente la propaganda y el esfuerzo subliminal para imputar a los ciudadanos el peso de conciencia por dejar de ejercer el derecho. Poco eficaces fueron las pataletas de los intelectuales, los señuelos de las falsas encuestas, los silencios administrados de algunos líderes de oposición, el mensaje por mampuesto que otros intentaron, y la diseminación de un ambiente culposo, como si algo pecaminoso y atroz estuviera detrás de cada decisión de abstenerse.

Los ciudadanos inventaron una forma de desobedecer, pasiva y firme, llena de coraje, que consistió en dejar embarcados a los embaucadores. La indiferencia operó como forma de protesta, dándole en la madre a los que por años llevan proponiendo el falso dilema de plegarse o protestar en las calles, como si todo se definiera entre la paz a cualquier precio o la guerra por cualquier razón. La realidad desmintió al descaro de la manipulación. Los ciudadanos demostraron que la política no ha dejado de ser un espacio de creación e innovación de posibilidades, donde nadie tiene por qué sentirse obligado a los extremos, que suelen ser tan irracionales. Los que predicaron el voto participaron de la farsa como cómplices. Los que amenazaron con una pavorosa guerra civil, también se involucraron como guionistas de toda esa parodia.

Pero el establishment, sofocado por sus propios intereses, compromisos emocionales y pecuniarios no se dieron por vencidos tan fácilmente. Amanecieron el lunes tratando de hacer control de daños, o si se quiere, lamiéndose las heridas entre ellos. Tres fueron los mensajes falsos que quisieron transmitir y pasar por verdaderos: el primero que esas “elecciones” habían convocado a cerca del 50% del padrón electoral, cuando fue notoria la soledad de los centros electorales. El segundo, que es posible negociar nuevas elecciones, solicitadas a los mismos que protagonizaron esa atroz parodia, como si no fuera suficiente con lo que ha ocurrido. El tercer mensaje, que tiene sentido sentarse a negociar con el régimen, lo cual, ya sabemos, es absolutamente inútil y contrario a los intereses de los ciudadanos. No se puede dejar por fuera la necesidad de terminar de denunciar a los que hacen pasar por ciertas encuestas falsas. El país no merece ser objeto del irrespeto continuado de una secta de manipuladores de la opinión pública que se venden al mejor postor, y que siempre han trabajado dentro de la agenda del régimen. Esa oposición pusilánime, que asienta sus posaderas en las espaldas de intelectuales, comunicadores y manipuladores de la opinión salió totalmente trasquilada de este proceso.

Y el régimen sabe que vive el principio de su fin. No es sostenible porque no tiene como sostenerse. Pero mientras tanto se desespera y exige de todos los suyos la renovación de juramentos y compromisos tan peripatéticos como quiméricos. El régimen agoniza sin dignidad, honor ni sentido de realidad. Por eso pierde su aliento exigiendo aquí y allá la ratificación de una lealtad y un apego que ya no existe, así como tampoco es posible que esas órdenes impartidas con total desconcierto se transformen en realidades que alivien la tragedia de los venezolanos. Ni son ciertas las lealtades ni posibles las realizaciones. El régimen vive la perplejidad de su propio jaque mate.

@vjmc

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