La paciencia


La paciencia
Por: Víctor Maldonado C.
Twitter: @vjmc

Es muy fácil perder la cordura en estos momentos de crisis. Son múltiples las razones del descontento, que para colmo se va acumulando. Todos sabemos que las cosas no andan bien, y nos cuesta explicar el tiempo y las oportunidades perdidas. Muchos se pierden en el camino de encontrar un culpable. Otros simplemente se aíslan. El experimentar el colapso sin que a la vez suframos un colapso requiere que tengamos presente el desafío que significa forjar el carácter para abundar en tolerancia, compasión y fortaleza, a la vez que intentamos dominar la tentación de la ira. Shantideva, erudito indio y maestro en meditación, advertía que “un instante de ira puede destruir toda una vida de mérito”. Por eso hay que estar atentos.

Nuestra ira suele tener destinatarios inocentes, porque muchas veces canalizamos en otros lo que es una molestia situacional o una tristeza personal. Lo cierto es que nuestra ira juega contra nosotros mismos en la misma medida que generamos en los demás el resentimiento y la vivencia de un ambiente tóxico y poco grato para el trabajo productivo. No me estoy refiriendo a la justa reacción frente a una agresión, el dolor o el sufrimiento. Tampoco a la necesidad de describir situaciones con total asertividad. Mucho menos a dejar de lado el compromiso con la verdad. En este caso se trata de adoptar una postura firme frente a las adversidades, con el fin de vencerlas y superarlas. Los budistas sostienen que la paciencia, concebida así, “nace de un temperamento equilibrado e imperturbable ante cualquier problema externo o interno”. No es solo resistir pasivamente. Mucho menos resignarse. Es actuar con disciplina y coraje para superar los obstáculos. Nada de eso se logra con explosiones de ira. Por eso el antídoto de la ira es la paciencia.

Desarrollar la competencia personal de la paciencia implica asumir tres dimensiones de la tolerancia: Aceptar el dolor y la adversidad como parte de la vida; tener sentido de realidad y, por lo tanto, no dejarnos llevar por las fantasías y falsas expectativas; y forjar el carácter hasta el punto de soportar las ofensas de los demás. En relación con el otro que a veces busca perturbarnos, mejor mostrar compasión que ira. Hay una cuarta que también debemos fraguar en nosotros mismos: el desapego por lo que no es esencial para desarrollar nuestro proyecto vital. Ese “andar ligero de equipaje” del que tanto hablaba el jesuita Anthony De Mello, evita que nos perturbe la pérdida de lo accesorio, porque a su juicio “la mente en libertad no lleva cargas. La mente en libertad vive cada instante en cada instante, y ése es el secreto de vivir de lleno la vida”. ¿Qué es lo esencial y qué es lo accesorio?

La respuesta es sencilla. Lo esencial es todo lo que contribuye a un estado de serenidad y equilibrio, que es la actitud contraria al descontento y la infelicidad, sentimientos que impiden alcanzar los objetivos deseados. Lo accesorio es todo lo que te hace odiar. La violencia, contra nosotros mismos o contra los demás, nunca ayuda al crecimiento. Hay cierto tipo de insatisfacción que puede ser una trampa, porque te hace evadir el afrontamiento de la situación y te propone la huida. En eso consiste la tentación de la impaciencia.

Tener paciencia es tener constancia y capacidad resolutiva. Por esa razón rezaba Santa Teresa que “la paciencia todo lo alcanza”. También por eso Anthony de Mello recomendaba no convertirse en adictos del cambio fútil. Su último sermón lo dedicó al tema. Dijo “no cambien, manténganse en el camino y hagan todo el esfuerzo por recorrerlo completo. El deseo de cambiar es enemigo del amor, porque el amor es compromiso. No intenten cambiarse sin antes haberse amado tal y como son. No hagan cambiar a los demás: amen a todos tal como son. No intenten cambiar el mundo: el mundo está en manos de Dios, y él lo sabe. Y si lo hacen así, todo cambiará maravillosamente a su tiempo y a su manera. Déjense llevar por la corriente de la vida, ligeros de equipaje”. No confundamos paciencia con indolencia. La primera es la versión perfeccionada del coraje, mientras que la segunda es un atributo del que se da por vencido. La paciencia es creativa y disciplinada en la búsqueda de resultados, la indolencia es una excusa tras otra.

Siendo estos tiempos tan proclives al odio, vale la pena poner de relieve esta virtud y pedirle a Dios que enderece nuestros corazones en la paciencia, porque un hombre paciente pocas veces es vencido. Y de eso se trata.

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