Antonio Cova Maduro, in memoriam






Palabras en el Acto Homenaje a Antonio Cova

UCAB – 26 de junio de 2013

 

¡Ojalá el tiempo pase pronto! Esa es la frase con la que concluye la que fue, tal vez, la primera película que compartimos Antonio Cova y yo en los tempranos 90´s. “El Maestro de Música”, la ópera prima de un director belga, Gérard Corbiau, narra con esplendorosa belleza el ocaso de un maestro que no se muere sin antes dar la batalla para que su vida no se disuelva en el dolor intenso, pero efímero, del duelo de los primeros días, sino que sobreviva en sus alumnos a través de la enseñanza y el modelaje que sólo los grandes maestros son capaces de dejar como impronta.

La relación con la frase no es casual. Me ha costado muchísimo organizar una narrativa de todo lo que concluyó esa mañana del 15 de mayo. Solo así he logrado comprender que el dolor lo transforma todo en algo confuso, lleno de imágenes, de buenos recuerdos, y de oportunidades espléndidas que no se pudieron aprovechar. Me gustaría que el tiempo, al pasar, sea indulgente y me permita organizar mis recuerdos y transformar todo este desorden en un conjunto de buenas lecciones, disponibles para ser transmitidas, capaces de ser el legado sereno de un buen hombre.

La raíz de todo buen maestro es la bondad. Es tal vez un requisito incondicional del que pretende enseñar a los demás a ser hombres de bien y a practicar la virtud. No es una frase banal aquella que pronunció Cristo cuando advirtió que “por sus frutos los conoceréis”. Y es que la bondad siempre está predispuesta a los buenos resultados y a esa “empatía” con la que se reciprocaba la entrega y el entusiasmo con la que Antonio Cova emprendía todos y cada uno de sus proyectos de vida. Así fue con su familia y amigos, y con cada una de sus clases, conferencias, compromisos radiofónicos, presentaciones televisivas, y temas con los que se obsesionaba.

Sin embargo, eso no lo hizo un ser arrogante. Todo lo contrario, cualquiera era una oportunidad para el compartir. Su mejor forma de expresar el aprecio por el otro era mediante ese intercambio tan generoso de libros, documentos, revistas, artículos, e incluso programas de televisión. Su generosidad era en ese sentido, infinita, así como las ganas de tener todos los libros que le interesaban. Su interés por el conocimiento, su vasta cultura, no fueron nunca una impostura, así como su carácter gentil. Solía decir que “si Antonio Cova podía ser amable, cualquiera podía lograrlo”, como para advertir que era francamente incomprensible el desplante o el mal trato.

No era, empero, un hombre extrovertido. Había que aprender a disfrutar de sus silencios. O por lo menos a entender qué querían decir.  Los que no le conocían se enfrentaban a una barrera de timidez que poco a poco iba trasluciendo un hombre muy ajeno al cálculo social. Se iba mostrando tal y como realmente era, poco a poco, en la medida en que la amistad iba superando los obstáculos y se enfrentaba luego a la relación franca e intensa, que tenía, por supuesto, el ritual iniciático del primer libro mostrado, luego del otro compartido, y casi simultáneamente el texto regalado.

Me enseñó que esa era su medida del hombre. Y todos los que tuvimos el privilegio de recibirlo en nuestras casas supimos de su mirada escrutadora a las bibliotecas, sitios en los que retardaba su entrada, lugar en el que sabíamos se había quedado un rato, viendo, husmeando, e incluso tomando prestado aquel ejemplar que le interesaba. Deploraba las casas sin ese espacio dedicado a los libros, porque ¿cómo podía pasarse toda una vida una familia sin ese recurso amable y lleno de posibles enseñanzas?

Entre nosotros practicábamos un ritual de libros rehenes, uno a cambio de otro, que hacía que nuestras bibliotecas fueran mutuamente complementarias en algunos casos, o especulares en otros. Solía dejar libros apartados en muchas de las librerías de Caracas, y sus amigos luego pasábamos por allí para seleccionar uno que otro que con gusto regalábamos. Lo mismo hacía él, pero con el privilegio de seleccionar autor, lecturas y temas con los que dirigía el crecimiento intelectual, lograba unificar el tema de discusión y crear lo que hoy se llamaría “una tendencia”.

La celebración de un libro no requería ninguna justificación. Yo soy uno de los privilegiados a los que encontró desasido muy tempranamente de una biblioteca como la que él imaginaba que yo debía tener. Recuerdo que la pregunta me la hizo en Puerto Ordaz, a donde habíamos ido juntos en esa cruzada a favor de la libertad y la gerencia, una de las muchas que hicimos. Pero en esta ocasión era reciente nuestra amistad. Lo he repetido infinitas veces en estos últimos veinte tres años. Él se sorprendió muchísimo de que yo, en una de esas volteretas de la vida, hubiera perdido toda mi biblioteca. Comentamos que por eso era buena la prudencia, porque “allí donde estaba nuestro tesoro, allí precisamente estaba nuestro corazón”. Y que la gente sabía por dónde darnos, a  la hora de querer hacernos bien o daño. Pero también ese era el indicio por donde comenzar una reconstrucción, ladrillo a ladrillo, libro a libro, de aquello que constituye lo efectivamente valioso para cada uno. Mi biblioteca, mi especial tesoro, es en parte su aportación de muchos años de compartir. Me temo que en la suya hay más de un libro rehén como demostración recíproca del mutuo interés.

 

Todos los temas podían ser igualmente atractivos y tomados con mucha seriedad. La sociología y los sociólogos tienen, por supuesto, un lugar prominente. Talcott Parsons tal vez se encuentre en el altar mayor, con Max Weber. La sociología de las religiones y todos los aportes de Rodney Stark, el periodismo de Kapushinsky, los libros referidos por el New York Review of Books, los fundamentalismos, los cátaros, China, los socialismos reales, Shakespeare, todo lo escrito sobre los Jesuitas, incluyendo por supuesto lo aportado por San Ignacio y los padres fundadores,  así como los clásicos organizacionales que cobraban vida e intensidad en sus programas de Teoría de las Organizaciones. Hannah Arendt siempre estuvo en su ranking de filósofas, y The New Yorker eran ocasiones deliciosas para la conversación y el aprendizaje. Claves de la Razón Práctica, una revista española, se acumularon en nuestras bibliotecas hasta que nuestras respectivas mujeres nos amenazaron con expulsión sumaria de libros y dueños si no parábamos la colección. En algún momento comenzamos por tanto a vivir esa deliciosa clandestinidad de saber que cada nuevo libro era también un delito que se acumulaba acusadoramente en sillas, respaldos de escaleras, y cualquier sitio en el que no fuese tan obvia su descolocación. En algún momento tuvo que tomar decisiones al respecto, y llegó con una caja de libros especialmente seleccionados para mí.

 

No era casual, por lo tanto, esa demostración desbordada de cultura. Tampoco lo eran la forma tan desenfadada de dar clases o de dictar una conferencia hasta dejar a su auditorio sobrecogido por el mensaje, sus ejemplos, el ingenio con el que lograba incorporar el buen humor, y el cierre “apoteósico” de muchas de sus sesiones, o ese “no se pierdan el próximo capítulo que esto se pone bueno”. Comentaba que su labor en la vida era que la gente “se enamorara del conocimiento… que si un profesor lograba ese vinculo emocional con la materia de marras, ya el trabajo duro había sido logrado”. Tal vez por eso estemos aquí, porque de alguna manera él fue para muchos de nosotros esa ruta hacia el compromiso intelectual que nos hizo más íntegros y mejores personas. En eso consistió su bondad.  

La música nos hermanó. Hubo un momento en que los cantos gregorianos y el hallazgo de Hildegard Von Bingen ocupo parte de nuestras tertulias. Encontrarnos con Bach fue hacer un pacto que siempre me reclamó: oír los viernes santos “la pasión según San Mateo”, tarea que nos ocupaba unas cinco horas de meditación y lectura. Los niños, los míos al menos, interrumpieron esa devoción mutua, pero casualmente la rescaté este año, bajo la égida de su oportuno recuerdo y del compromiso afectivo.

Toda esta intensidad relacional tuvo como telón de fondo al “amor de sus amores”. La Universidad Católica Andrés Bello fue para él el mejor espacio de su creación. No sólo porque fue un profesor casi cincuentenario, sino porque aquí, en estos pasillos, por sus jardines, en su librería y centros de copiado, en casi cualquier sitio, él se sentía empoderado para el quehacer creador. Miembro de Consejos de Escuelas y del Consejo Universitario, se preocupaba por acompañar la difícil tarea de mantener abierta y vigente esta casa de estudios. En todo la amó, y hasta el último día de su vida le sirvió con lealtad y entusiasmo. Esa fue su voluntad ejercida con terquedad férrea y un silencio del cual nadie lograba sacarlo. Algunos de los presentes saben que su consigna siempre fue “no renunciar, morir dando clases”. En un mundo tan dado a la deserción, tan interesado por el descanso precoz, sin dudas Antonio Cova fue el contrasentido de la persistencia. Dios, sin duda alguna, fue generoso en concederle la mejor muerte posible, breve en agonía, y ocurrida luego de un día lleno de clases y contacto con la gente.

El otro gran amor fue su país. Venezuela era, al igual que la UCAB, el objeto de sus desvelos y el depósito de su indoblegable optimismo. Esos afanes tienen su origen en El Diario de Caracas, que al fenecer, le hicieron trasladar sus escritos al Diario Economía Hoy. Luego estuvo un período en El Nacional, y al final terminó siendo el dueño de los miércoles en El Universal. Recuerdo sus cavilaciones y dudas cuando le fue ofrecida la remuneración a cambio de aceptar ser uno de los  articulistas exclusivos. Sus aventuras radiales le hacían tener contactos regulares con una emisora en Zaraza, otra en Valencia, una larga y fructífera relación con Isa Dobles, al filo de la medianoche, otra larguísima con Elizabeth Camino, y la más cuidada con el Profesor Diego Bautista Urbaneja, en RCR. Todas ellas eran oportunidades para ejercer el apostolado del optimismo. Cada una de sus intervenciones intentaba sacar a la audiencia del marasmo y de la depresión. Nunca tuvo eso que algunos llaman “visión de túnel” aunque le sobraban “los cables a tierra” de sus amigos y el más importante, el de Thamara, su esposa, con quien el intercambio sobre la realidad nacional no cesaban. Algunas veces nos preguntábamos cuál era ese mundo donde andaba a veces Antonio, donde todo estaba asegurado para el desenlace más apropiado. El de las predicciones teóricas. No era un ingenuo, era un hombre bien informado, formado en la esperanza, y sabedor del papel que había asumido: animar cuando cundía el desánimo, alentar cuando privaba el desaliento, señalar el horizonte cuando la oscuridad de la noche parecía indicar que todo estaba perdido.

Y en estos tiempos tan difíciles y cruciales, la gente se lo agradecía sinceramente. Salir con él por las calles era apreciar el homenaje sincero de gente sencilla que se le acercaba con devoción para decirle cuán importantes eran sus intervenciones. Que había sido maravillosa su presentación en Aló Ciudadano, y que gracias por haberlo dicho. La productora de ese programa, Aló Ciudadano, lo tenía como reserva moral, lo convocaba regularmente, y era de los pocos con el privilegio de no ser interrumpido. Decía lo que quería y llegaba con esas analogías insufladoras de optimismo. Era como “aire para los cauchos pinchados”, una necesidad para seguir la ruta. También Nelson Bocaranda lo tenía como uno de sus más conspicuos analistas. En fin, en este país tan resentido, todos apreciaban sus puntos de vista luminosos y enfocados en hacer que la gente comprendiera. Ese era su propósito, lejano por cierto de la erudición narcisista y de la impostura del intelectual. Se preocupaba más bien por ser el mejor traductor posible de la realidad, de cómo él la apreciaba.

En estos días he oído  muchas veces la misma frase contundente y económica: Antonio Cova siempre confió en mí. Ejercía un tipo de liderazgo seductor y exigente. Esperaba una reciprocidad heroica a esa entrega que demostraba en las clases. Sabía que podía esperar un esfuerzo superlativo de parte de sus estudiantes para “no quedarle mal”. Confiaba en la movilización en función del compromiso emocional, porque “no era lo mismo con Antonio Cova”. Andaba por los pasillos de esta Universidad con un talonario de cheques en blanco que entregaba, esperando como respuesta “el mejor alumno del año”, “el mejor sociólogo de su generación”, “el mejor estudiante de postgrado”. No era complaciente, sino que comenzaba a abrumar con una marea de expectativas que ciertamente generaban efectos maravillosos. No formó, empero, una escuela de “covistas” sino una red de intercambio y de posibles apoyos. No dudaba en recomendar, tampoco de apalancar a quienes consideraba con potencial. Y sin embargo, tampoco se negaba a comprender las razones, las circunstancias, los atenuantes, en fin, las razones de vida que provocaban resultados a veces diferentes a los esperados. Era también benevolente con cualquier condición que no fuera la mediocridad irresponsable. La vida “solía decir” terminará ubicando a cada cual en el puesto que le corresponde.

Más allá siempre estuvieron las calles. Solía ir a los mercados, pasearse por allí, curucutear por las librerías y asumir el combate en Asambleas de Ciudadanos y similares. Era un predicador consumado, con un manejo de la escena como pocos lo han tenido. Predicaba, invocaba al Dios de los Ejércitos, tanto como al paráclito que consolaba con sus dones. Y es que su fe era abierta pero sin los aspavientos del fundamentalista. Nunca dejó de ser un legionario. Nunca estuvo satisfecho. Nunca dejó de estudiar a la Iglesia y a sus líderes. Juan Pablo II fue objeto de sus afanes y disputas, pero juntos leímos más de una de sus biografías. Francisco lo sorprendió. La tarde de su elección lo consiguió en el programa del profesor Diego Bautista Urbaneja. Amigos me llamaron para comentarme lo que a su juicio había sido una “maravillosa e irrepetible lección de teología”. No me extrañaba para nada que en esas estuviera ese día. Y al salir me llamó exaltado por los resultados. Uno lo escuchaba y parecía que Antonio conocía la vida y obras del Cardenal Bergoglio en el mismo instante en que el resto estábamos intentando saber cómo se escribía ese apellido. Así era él. Poco a poco consiguió sosiego, luego de hablar, tal vez con Ugalde, y como me pidió el teléfono de Mikel de Viana, estoy seguro que también con él. Luego me comentó que Mikel lo sosegó. Y una noche, estando en mi casa, fue su silencio el que me indicó que había hecho las paces con el nuevo Papa.

Pocos amigos sabíamos del inmenso e incondicional amor que Antonio siempre profesó por Thamara y por Sebastian, su hijo. Más allá de la vida familiar hecha pública en las clases, algunos sabíamos también del afán, del cuidado constante, de las ganas de darle todo lo que él sabía que podían necesitar o requerir. Todo papá, todo esposo, tiene en algunos amigos esa oportunidad para contar cosas, para pedir un consejo, para conseguir ánimo. Muchas veces cumplí con ese deber que es inmanente a la amistad, y hoy simplemente quiero decir que soy testigo de una dedicación sublime que siempre será para mi ejemplo de lo que uno debe ser como padre de familia y esposo.

Allí siempre estuvo. Como anécdota puedo compartir que a la única persona a la que pedimos permiso para tener una relación y terminar casados fue a él. Estábamos en Palo Verde en una reunión de fin de curso. Era demasiado importante su aquiescencia. Solo nos miró. Allí estuvo cuando finalmente nos casamos. Él decidió que no podíamos seguir viviendo en San Antonio y dio mil razones para que volviéramos al Marqués, entre otras que íbamos a estar cerca del Hospital Infantil del Este. Llegué esa noche a la casa y mirando seriamente a mi esposa dije: “Cova dijo que…” Y a la semana estábamos en Caracas. También estuvo en el bautizo de mi primer hijo, y en la difícil circunstancia del nacimiento de mi segundo hijo. En fin, fuimos siendo parte mutua de una relación familiar en la que él presidía mis celebraciones y me acompañaba fielmente en mis duelos. Allí estuvo cuando dije mi primera conferencia, cuando comencé a dar clases, cuando fui la primera vez a un programa de TV, que por cierto me exigió que asistiera de flux y corbata, que los empresarios no podían dar otra imagen. Allí estuvo cuando escribí mis primeros artículos. Y es que Antonio Cova fue para mí, en los últimos 25 años un maestro de vida.

Como suele ocurrir, la bondad, la esperanza, el optimismo, la pasión, el liderazgo y la confianza son virtudes que se expresan con carácter muy singular. Estoy seguro que todos aquí tienen una historia igual de intensa que contar, pero absolutamente diferente. Pero todos podrán estar de acuerdo en el ejercicio integro de estas virtudes y de otras que todavía no puedo procesar porque las cosas han ocurrido muy recientemente, porque todavía los sueños son un reducto, el último, de una amistad invicta, y porque todavía duele mucho en el alma su ausencia. Por eso yo solo quisiera que el tiempo pasara pronto y volver a tener la oportunidad de narrarlo con mayor justicia y más sentido de integridad.

No tengo palabras para agradecerles esta oportunidad de compartir con ustedes, y quisiera dejar como epílogo el mensaje con el que Antonio Cova cerraba sus mejores sesiones:

 “Nada te turbe,

Nada te espante,

Todo se pasa,

Dios no se muda,

La paciencia todo lo alcanza,

Quien a Dios tiene

Nada le falta:

Solo Dios basta”

 Que ese Dios que es nuestro vínculo nos de fuerzas para seguir adelante…

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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