Se busca líder competente

 


Se busca líder competente.

Por: Víctor Maldonado C.

E-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Twitter: @vjmc

Amanece el 2023 venezolano con una gran desazón política. Para buena parte de los ciudadanos que hoy miran con suspicacia y decepción a los que deberían ser sus líderes, la política ha dejado de ser la plataforma de cambio, futuro y esperanza con capacidad real y vigor para obtener la liberación del país. Es público y notorio que las diferentes versiones de la autodenominada oposición colaboran y son subsidiarias de la agenda del régimen. Lucen y están totalmente vencidas por su ser y por sus circunstancias. No solamente porque el espacio para la sana competencia democrática está limitado, restringido e intervenido por la dinámica totalitaria propia del régimen y su  ecosistema criminal, sino también porque los liderazgos que dicen adversarlo están cimentados en la mediocridad y en una carencia estructural de principios y valores trascendentes.

Los que dicen ser líderes políticos son en realidad bandoleros con ganas y aspiraciones de medrar los recursos públicos y montar sus propios sistemas de privilegios. Por eso, tarde o temprano, ese sistema tenía que hacer crisis y provocar la total indiferencia de los ciudadanos. Son ahora un elenco que, especializado en el fracaso, luce sin público, pero careciendo de todo sentido de realidad, siguen empeñados en seguir interpretando el triste papel de teloneros del régimen en un auditorio vacío, oscuro y frío.

Todo parece indicar que el país está buscando otra cosa. Y esto no deja de tener sus riesgos. Porque el patrón dominante de inferencia de las decisiones de los venezolanos está infestado de caudillismo, mesianismo, voluntarismo, realismo mágico y malas analogías. Ante el evidente fracaso de lo que tenemos la gente le abre paso a la nostalgia y se entrampan en arquetipos igualmente fallidos. Algunos optan por el arquetipo del militar redentor, otros por el hombre fuerte cuyo objetivo es el deshacer entuertos. Otros suspiran por un caudillo al que se pliegan erotizados y con una ceguera fanática. También los hay quienes suspiran por el “outsider” que no llegó a ser porque “le tumbaron el avión”.

Hay que contar con que el techo democrático es la opinión pública. Y que no hay nada más voluble e influenciable que la masa. De allí que en todos nuestros países el esfuerzo fundamental se centre en persuadir y convencer, creando productos políticos a la medida de las ganas y expectativas de la opinión pública. Productos que llegan sin garantía, que no son necesariamente compatibles con la realidad y que pueden llegar a provocar grandes frustraciones.  ¿Existe algún antídoto contra la ciega emocionalidad? Los resultados siempre van a depender de los niveles de exigencia ciudadana.

En el caso venezolano luce difícil remontar la cuesta de exigencias. ¿Quién de ustedes contrataría para su propio negocio a cualquiera de los que ahora insisten en liderar el país? Porque de eso se trata. Mejor dicho, de eso debería de tratarse una elección presidencial o la selección de una dirección política. Como no lo hemos hecho así, sino que hemos preferido “ser la ola que golpea la roca” hemos errado una y otra vez y nuestra memoria reciente está llena de fracasos y decepciones.

Con los protagonistas de tan infausta historia no vale perder el tiempo. Prefiero enfocar mis esfuerzos en diseñar un manual de competencias exigibles al liderazgo por venir. Una especie de descripción de valores, habilidades y exigencias que debería tener una persona que tenga como aspiración la dirección política de un nuevo momento de la oposición venezolana. Y si bien es cierto que no hay expresión perfecta de estas exigencias, por lo menos podríamos organizar de esta forma un criterio para ordenar nuestras expectativas.

Criterios cardinales.

No estaría nada mal que dejásemos de apostar a ciegas. Salir del socialismo totalitario no es cuestión de suerte. Requiere de un carácter bien forjado en el que estén bien asentados un set de valores y principios que son piedras angulares de la política buena.

El primero es la Prudencia, o capacidad para tomar buenas decisiones.

El segundo es la Justicia, para tratar a cada persona y en cada caso con respeto a la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde.

El tercero es la Fortaleza, para poder lograr propósitos valiosos a pesar de las circunstancias desventuradas.

El cuarto es la Templanza, para no ser víctima de las pasiones, los bajos deseos, los vicios y los nuevos pecados de la corrupción y los excesos del poder. 

Estos criterios son de exigencia irrenunciable y corresponden a las virtudes cardinales. No nos conviene un líder inmaduro, temerario, injusto, amiguero, pendenciero, incapaz de mantener la ruta y presa fácil de los vicios. Los hemos apuntalado y las consecuencias no han sido otras que la impostura, la mentira, la corrupción institucional y la negociación de los fines para los que fueron designados. Un líder político sin el carácter forjado por las virtudes nunca va a dar la talla, siempre va a ser un timorato disponible para el mejor postor. Las desviaciones narcisistas, el maquiavelismo de medio pelo, la escasa estatura moral de los que han usurpado la dirección, su bajísimo contenido democrático y el desprecio que demuestran hacia el país nos obliga a ser más exigentes al momento de tomar la decisión sobre quienes deberían ser los líderes.

Hay que advertir que estos criterios cardinales se ponen en juego en todas y cada una de las decisiones. Hay políticos que no tienen capacidad para tomar decisiones con autonomía porque padecen de un “familismo amoral” estructural. Con esto quiero decir que todos sus criterios de decisión pasan por la complacencia con su grupo de amigos, asesores y relacionados. Aunque tengan conciencia de que son anclas que retienen y hunden, no son capaces de soltar amarras para avanzar, prefiriendo quedarse dando vueltas en un remolino de intereses y afectos que de suyo los descalifica. ¿Han oído hablar de las mafias, de los grupetes? Son simples referencias de liderazgos fracasados y “fracasantes” que de hecho subordinan la suerte del país al confort del grupo.

Cuando esa es una conducta dominante, el político carece de Integridad, porque sus decisiones responden a dos raseros, uno que aplica a los amigos y otro, más exigente, que impone al resto. Y porque deja de respetar la verdad y comienza a decir lo que cada auditorio espera oír. Por esas fisuras entran la demagogia y el populismo. De nuevo, la integridad es la prueba de que un líder tiene buenos hábitos y vive de acuerdo con sus principios, aunque eso le implique tomar decisiones duras en el marco de su círculo de afectos. Solo de esta manera será capaz de resolver con justicia los dilemas que se les presenten y actuar con la compasión que amerite cada caso.

Me quiero referir especialmente a la compasión como atributo político. Sobre todo, en el caso venezolano, el ejercicio de la política debe construir esquemas de comprensión y vivencia más plenas con la situación sufriente de los ciudadanos. Es una conexión con el otro que debería llegar  al punto de generar un fuerte compromiso y deseo de trabajar intensamente para aliviar y resolver esa situación que genera dolor, superando la frialdad de las estadísticas y las sombras chinas del falso criterio de las masas. La compasión te hace reconocer al otro, te obliga moralmente a la interlocución con el individuo, sujeto irreductible de una historia que nos hilvana a todos.

Pero las exigencias no pueden quedar aquí. Más allá de la dimensión ética del liderazgo hay habilidades y herramientas que deben tomarse en cuenta.  

Competencias asociadas al liderazgo político.

No hay liderazgo efectivo sin el hábito de la disciplina, o sea la capacidad de dominar los impulsos del momento porque la persona es ordenada con sus hábitos y es capaz de involucrarse genuinamente con las decisiones estratégicas decididas. Un líder disciplinado es humilde y está dispuesto a ejercer su rol en los términos y alcances de lo acordado. Llevan una agenda y la cumplen con respeto y puntualidad.

También hay que exigirles responsabilidad y que sean capaces de asumir las consecuencias de sus decisiones. Eso implica que tengan buen locus de control interno y que aun en los momentos más dramáticos sean capaces de dar la cara. Y que no sean irreflexivos hasta el punto de poner en peligro la integridad de sus seguidores.

Energía para relacionarse es otra de los requisitos. Un líder político debe ser capaz de diferenciar consensos altruistas de pactos mafiosos. En ese sentido debería poder encontrar puntos en común, resolver problemas concretos para el bien de todos, defendiendo con hidalguía sus propios intereses a la vez que es leal con los otros grupos. Es una forma de relacionarse que le permite sortear las tentaciones de corrillos y conciliábulos, con transparencia y honradez. En esta línea, la prudencia debería indicarle con quienes intentar relaciones sanas y a quienes dejar por fuera. Siendo muy honestos, en este punto todos han fracasado estrepitosamente por las fuertes presiones del ecosistema criminal y la habilidad nucleadora de lo que Miguel Fontán (en Twitter @miguelfontan) llama “la falsa ilustración”.

Ser líder de líderes y tener la habilidad de trabajar en equipo son dos competencias también cruciales. Martha Alles refiere que “un líder de líderes logrará a su alrededor generar entusiasmo, ilusión y compromiso profundo con los objetivos y metas. A su vez, podrá asumir el liderazgo de equipos diversos y aun problemáticos, mejorar su desempeño y lograr que éstos alcancen sus respectivos objetivos políticos”. No practican la prepotencia, sino que se ponen al servicio de un proyecto que siempre será colectivo. No hacen gala del culto a la personalidad propia, sino que se exponen a las opiniones diversas, reconociendo cuando tienen más razón los argumentos presentados por los demás.

Deberíamos buscar nuevos líderes que no se engatillen. Que sean solucionadores eficaces y no solamente testimonialistas. Que sean capaces de afrontar las circunstancias para salir de ellas, rápidos para reaccionar, pero no imprudentes, que tengan coraje pero sin exponer en una jugada el proyecto de largo plazo.

Otra de las competencias deseables es que la reflexión esté acompañada de buena capacidad para comunicar, sin que confundan la impostura del tono mitinesco con esa necesaria capacidad de proporcionar información y mensajes pertinentes en el momento adecuado, con claridad y empatía. Eso le facilitaría presentar ofertas concretas a los ciudadanos, comprensibles y estimulantes, afianzando la percepción de confianza, coraje y capacidad de dirección.

Dadas las circunstancias del país, hay un atributo de personalidad que no se puede dejar por fuera. Se trata de alta tolerancia al estrés y manejo de situaciones críticas, para que no salgan corriendo o capitulando a las primeras de cambio. El poder manejar momentos de crisis requiere de prudencia, fortaleza y coraje, virtudes cardinales que priorizamos en el carácter de un buen político.

Un buen líder desarrolla conciencia y visión sistémica. Se ubica dentro de un entramado de relaciones, es capaz de identificar la totalidad y sus partes componentes y la forma como unas y otras se relacionan para lograr determinados resultados, así como los recursos que necesitan para lograr sus propósitos. Sus explicaciones son complejas y sus diagnósticos más acertados.

Finalmente, ese líder que buscamos y que todavía no tenemos debería garantizarnos que es capaz de metabolizar apropiadamente montos crecientes de poder y de adulancia. Porque el poder corrompe siempre, y los que no tienen el carácter bien forjado, son víctimas y nos hacen víctimas de sus despropósitos.

 El estadista que todavía no tenemos.

Necesitamos una dirección política moderna y unos líderes maduros. Lamentablemente no sabemos “reclutar” al líder que necesitamos. Ya sabemos que la tarea tiene su complejidad. No es tan fácil como “enamorarnos de un personaje”, transformarlo en el mesías y recorrer la senda del desengaño que consiste en apostar a nuestro propio espejo de frustraciones y resentimientos. Ya hicimos el inventario de arquetipos perversos por donde se colaron los fétidos personajes del último cuarto de siglo, tanto del gobierno como de esa oposición que el régimen ha venido confeccionando a la medida de sus necesidades. Hombres y mujeres sin grandeza, agotados moralmente, corrompidos a la primera oportunidad, superficiales, megalómanos, sin capacidad ni experiencia de liderazgo, demagogos irresponsables que practican la temeridad con crueldad y que nunca les importó la nómina de asesinados, apresados, violentados y perseguidos que sus infantiles intentonas han provocado. Ninguno de ellos calza los mínimos del estadista que necesitamos.

En todo caso, cada uno tiene ya a mano este inventario de competencias exigibles para abandonar el espacio de las alucinaciones y pasar al terreno de la realidad y sus exigencias.

Nadie puede ejercer el liderazgo en solitario. Es una interacción social. Así que los malos líderes han tenido peores seguidores. Y esta afirmación es una impugnación a nuestra irresponsabilidad ciudadana. Porque asumir la política con la ligereza del espectáculo,  defender lo indefendible y seguir tolerando a los que nos han condenado a esta servidumbre totalitaria, deja mucho que desear de nosotros mismos. Y esto, tanto para lo que toca en tiempo presente como lo que corresponde a esas nostalgias que nos quieren encadenar a caricaturas de lo que fueron realidades tortuosas en el pasado.

El estadista que necesitamos no lo vamos a sacar de la tumba. Así de inútil es la nostalgia. Tampoco lo vamos a obtener de la nómina presente, desgastada y sin honor. Tenemos que ser más exigentes y si, asumir que como ciudadanos tenemos una cuota parte de la responsabilidad por nuestra indolencia y nuestra docilidad.

Quiero terminar compartiendo dos preguntas seminales del sesudo estudio sobre liderismo dirigido por Dankwart A. Rustow: ¿Quién nos debería conducir? ¿Desde donde a dónde debería conducirnos ese líder? Porque en estas dos preguntas podemos engarzar aquello que nos puede conducir al éxito o a otro fracaso. Un ejercicio de reflexión ciudadana como precedente para una buena selección debería ponernos a pensar sobre el carácter del líder, nuestras esperanzas presentes, el juego de las circunstancias históricas que nos están afectando y el éxito o fracaso de nosotros al intentar una y otra vez la liberación que nos hemos propuesto. Dicho de otra forma: No hemos logrado nuestras metas porque líder, estrategia, expectativas, contexto y capacidades no han sido bien conformadas. Y el fracaso es sobre todo el resultado de la improvisación apasionada que nos caracteriza y que deja terreno libre a una generación de mediocres que usurpan nuestra representación y nos venden al mejor postor. Eso sí, con el aplauso, aquiescencia y justificación de unas élites tan podridas como los líderes que apuntalan.

La ciudadanía debe organizarse, pero no para seguir el sendero de los borregos sino para recuperar esa soberanía que comienza eligiendo al líder adecuado para cada momento. Tal vez llegó la hora de hacerlo.


    

 

 

 

 

 

 

 

 


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