El largo camino a casa

 


El largo camino a casa.

Por: Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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05 enero 2026

Dick Morris, estratega político de larga data, comienza uno de sus libros con esta frase: Cuando el mundo cambia hay que volver a hacer el mapa.

Esta semana estamos despertando a una nueva realidad. Nicolás Maduro y su esposa están presos en Nueva York, y su vicepresidenta Delcy Rodríguez está dirigiendo una transición pactada con Estados Unidos y bajo su severa mirada vigilante.

Se acabó la época de ganar tiempo para recomponer la trama a favor. Ahora, bajo el escrutinio del presidente Donald Trump y su Secretario de Estado Marco Rubio, les toca a ellos desmontar el régimen asociado a las variopintas formas de ilegalidad que ellos mismos construyeron.

El pacto es sobre indicadores concretos, no promesas vagas. Les exigen limpiar a Venezuela de los enemigos de Occidente, restaurar el negocio petrolero, trabajar para la creación de riqueza, evitar cualquier confabulación contra Estados Unidos, institucionalizar el país y salir de una buena vez de la aspereza del discurso radical. Y, cuando la justificación constitucional no dé para más, convocar a elecciones libres, supervisadas internacionalmente, sin presos políticos, sin inhabilitaciones odiosas e interesadas y, sin caer en la tentación de violentar la voluntad soberana y trampear los resultados.

Lo ocurrido a Nicolás y a su esposa, es una acusación frontal contra todos ellos, partícipes innegables de una organización criminal que por más de 25 años se dedicó al saqueo del país y a la explotación de negocios ilegales en asociación con lo peor de América Latina, creyendo ingenuamente que podían ganar esta guerra y derrumbar el poderío estadounidense. Que sigan al frente del gobierno no los hace menos culpables y perversos. Ni más confiables. Y mucho menos, legítimos.

En esta trama también han participado varios círculos de colaboracionismo, empeñados en normalizar lo que había, tratando así de participar de la burbuja de corrupción. Partidos políticos e instituciones se lucraron, por acción y por omisión de esta época. Otros simplemente simularon ser oposición para agarrarse unos reales y vivir un exilio cómodo. Pocos tuvieron una posición digna. Y muchos fueron financiados por el régimen para domesticar sus opiniones y usarlos de comparsa. A todos hay que exigirles responsabilidad y rendición de cuentas. Porque solo con la verdad expuesta con crudeza podremos garantizar que el soberano tome buenas decisiones. No podemos cohonestar la impunidad política.

Al liderazgo encabezado por María Corina Machado también le corresponde dar señales de racionalidad, sentido común y de humildad. Como bien se ha reflexionado en las redes, ella también tiene la tarea pendiente de deslastrarse de compromisos que son equivalentes a ruedas de molino atadas en su cuello. El apoyarse en las instituciones del elenco del fracaso, el haber lanzado salvavidas políticos a conspicuos actores del interinato, el haberse rodeado de las viudas de Biden y, por eso mismo, haberle perdido el pulso a la complejidad de la transición, le han pasado factura. Fue un error estratégico.

Eso no significa que ella no sea un activo fundamental de la Venezuela del porvenir. Pero tiene que reconstruir su compromiso con el país y convalidar las fuentes de su legitimidad. Trump lo dijo con claridad: Para dirigir una transición ordenada y sin costos colaterales indeseados, se requieren otros atributos, que él no vio en ella. Lo que no significa que ella no sea para buena parte de los venezolanos quien deba dirigir al país una vez concluida esta etapa.

Como la realidad se impone, estas nuevas circunstancias la obligan a replantear tres dimensiones de su acción política:

1.    Construir relaciones de confianza con el presidente Trump y con influyentes factores de la derecha mundial.

2.      Replantear su programa político a la luz de las nuevas condiciones.

3.    Rehacer su equipo estratégico, porque el que tiene ya no le aporta suficientemente. Y porque no es confiable a los ojos de sus socios potenciales.

Mi recomendación particular es que abandone cuanto antes el rol de viuda del 28 de julio. Y que se concentre en ser la auditora política de los resultados de esta etapa, exponiendo claramente sus prioridades, entre las cuales debe primar la libertad de todos los presos políticos. Sin esa señal, no hay cambios.

Una segunda recomendación, que aproveche este exilio para convocar a todos los factores del país, (sin que sean los desgastados actores del elenco del fracaso ni los protagonistas del fiasco del interinato) a constituir un nuevo pacto político de gobernabilidad. Solo así demostrará capacidad y liderazgo. Insisto, tiene que demostrar que puede y quiere salir de los confines de la política de siempre. Tiene que demostrar coraje y madurez política para encabezar un movimiento diferente y contrastante. O vendrá otro actor y lo hará.

María Corina debe reconocer, más allá del duro golpe de haber sido descartada para esta etapa, que el poder tiene razones que la emoción no reconoce. Tal vez esta decisión le convenga. Porque le impulsa hacia adelante. Y porque le permite dejar atrás el maridaje obligado con Edmundo. Eso no iba a funcionar, por más romanticismo que le incorpore a ese pacto.

Ni ella ni su partido pueden seguir siendo activistas de las calles del mundo. Eso no tiene impacto alguno en lo sustancial. Termina siendo una crónica de color buena para ver los domingos por la tarde. Pero carece de incidencia. No vale la pena el desgaste de la catarsis sistemática. Su rol es otro, menos espectacular pero más eficaz.

Como ella misma demostró, todo está sujeto a la reinterpretación. Hasta el final llegó hasta aquí. Y no es poca cosa. Si buscamos la razón última de todo lo que ha ocurrido, y de todo lo que está por ocurrir, allí está el liderazgo de María Corina como argumento. Eso merece el reconocimiento de todos. Ahora tiene que demostrar astucia y mansedumbre, tal y como lo recomendó Jesús a sus discípulos cuando los mandó a predicar su mensaje.

Es todavía muy largo el camino por recorrer. Eso que nos ha ocurrido tiene ahora tantas cláusulas condicionales que requiere un escrutinio constante, sin errar en la visualización de las alianzas que se necesitan reforzar. La gente probablemente está cansada de los extravíos laberínticos y agotada de la verborragia que no termina aterrizando en hechos. Pero hay que seguir, confiando en Dios y entendiendo que esta vez toca un barajo completo del juego.

  

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