La luminosidad de los tiempos oscuros

 


La luminosidad de los tiempos oscuros

Por: Víctor Maldonado C.

E-mail: victormaldonadoc@gmail.com

X @vjmc

Mi padre estaba en sus últimos tiempos. Por alguna razón yo viví una situación de trauma anticipada por la intuición de que le quedaba muy poco tiempo de vida. La experimenté sin acudir al recurso de ansiolíticos o calmantes. Quería sentir el desgarre y la desesperación que me provocaba el saber que los plazos estaban por cumplirse.

Una tarde cualquiera, en su casa de Catia, nos quedamos solos un momento y pude ver la magnitud de su minusvalía. Totalmente empobrecido y habiendo vendido casi todo lo de valor, para no tener que pedirnos a nosotros sus hijos, más ayuda de la que ya le dábamos, me confesó que no sabía y no podía pagar sus deudas. Recuerdo que le contesté que no se preocupara, que aunque en ese momento no estaba en condiciones demasiado holgadas (había sido destituido de un cargo por razones políticas) yo estaba seguro de que en breve podríamos afrontar esa circunstancia. El viejo estaba decepcionado con la época. Nunca imaginó que de ese tenor iba a ser su epílogo. Para mí, esa imagen, esa conversación, esa mirada, marcó toda una época.

¿Si tuvieras que recordar un episodio marcador de esta larga época de oprobio, cuál sería? Ese fue el texto de un post que escribí en X el 3 de febrero del 2026. Han pasado ya veintisiete años de chavismo y mi interés era comprender los múltiples impactos psicológicos que hemos recibido hasta el presente.

¿Cómo vamos a recordar esta época? ¿Cuál es la tesitura de esta larga experiencia, que hemos tenido que vivir y que paradójicamente, ha sido para muchos, la parte más vital de toda su existencia? Se siente el cansancio y los que comenzamos con la vitalidad de la juventud hace rato que pintamos canas. Otros, nuestros hijos y nietos, solo han conocido de propaganda, mentiras, represión, miedos y exposición al riesgo. Vivimos, y peor aún, nos acostumbramos a ser la sociedad de la cautela, de la desconfianza y del espectáculo obligatorio de verlos a ellos, los del régimen, tratando de monopolizar la atención de todos, un poco bufones, un poco verdugos, siempre sicarios atentos a poner el ojo en una de nuestras indiscreciones.

¿Pero qué nos marcó? Esa es la pregunta que no queremos hacernos muy a menudo, no sin haber concluido el último acto, sin haber visto el cierre con la salida definitiva de todos y cada uno de los actores de este oprobio.

La pregunta tiene respuestas dolorosas. Detrás de tanta tristeza puede ser que todos tengamos momentos luminosos, lúcidos y esperanzadores. Un matrimonio, el nacimiento de un hijo, el disfrute de una amistad. Pero creo que todo eso estuvo determinado por esa daga clavada en el corazón, que provocaba una sensación de condicionalidad asociada al miedo de que la adversidad tocara nuestra puerta. Fue una larga época en la que decíamos con falsa impunidad que todos teníamos una marca en nuestra espalda, pero no esperábamos que fuera alguna vez nuestro momento aciago.

Buena amistad e inmejorable compañero de ruta en esta larga odisea de muchos años fue la que tuve con Antonio Cova Maduro. Tal vez porque la época era tan dura él hizo su mejor esfuerzo por hacer bien lo que sabía hacer: hablar con la gente, comunicar sus ideas, dedicarse a sus alumnos. También él sufrió amenazas, fue perseguido y hostigado, lo llamaban por teléfono para tratar de silenciarlo. No lo hizo, siguió hablando hasta el último día, cuando un infarto acabó con su vida. Lo expongo aquí porque también esta época nos hizo ver el valor del buen amigo, del prójimo cercano, del oído comprensivo, del momento compartido, del regalo sin justificación. Y del estar allí para lo que pudiera ser útil. Gente como él, que todos hemos tenido cerca, lograron que la oscuridad no fuera total.

Pero la respuesta a la pregunta no se puede confinar a un solo impacto, porque hemos sido expuestos a ráfagas de maldad que aun no concluyen. Por lo tanto, nadie se atreve a elegir solo uno. La respuesta comienza con el reconocimiento descorazonado de que “son muchos”, “imposible decidirse por uno”, “la infamia ha sido total”. Y es verdad, ha sido una espiral donde un sufrimiento desaparece solo porque es superado por otro, el más reciente. ¿Alguien recuerda cuando la propia familia comenzó a fragmentarse? ¿Cómo se envileció el salario? ¿Cuándo comenzamos a temer por el hambre o por una enfermedad? ¿Quién fue el primero en comer basura o en pedir públicamente para comprar una medicina? Un escalón tras otro que nos ha llevado a un hueco que no parece tener fondo.

En el año terrible (para mí) del 2013 me conseguí de nuevo con mi viejo amigo Mikel de Viana. Heredero extraoficial de sus cátedras de Ética, uno de esos días me citó a un café y me confesó que debía irse. Que la orden era inapelable. Y que dejaba todo atrás. Trayectoria, libros, relaciones, vivencias, cátedras, feligreses y muchos afectos. Solo muchos años después el reencuentro fue la oportunidad de acompañarnos, él desde su generosidad, yo desde mis interrogantes, él desde la diabetes que ya le insinuaba cuál sería su final, yo aturdido porque me resistía a darle amnistía a la injusticia. Los paisajes del país Vasco fueron escenarios para lágrimas por un exilio que tenía aristas terribles. Y el silencio autoimpuesto, porque estando afuera, se sentía incapaz de protagonizar nada. Comprendí que hay dolores y hay renuncias que solo un régimen insensato y sin límites era capaz de provocar. Con cada dolor, no nos hacíamos más fuertes, pero si más insensibles, única forma de resistir el embate siguiente.

Por eso el consenso es claro: Desde la lucidez del eventual alivio, podemos decir vaciados de emoción que el horror es acumulativo y cada vez más cruel. Frente a ese horror el verdadero daño es una ausencia notable de sensibilidad de cada uno de nosotros, agotadas las lágrimas, superado el aturdimiento, y obligados a incorporar las horrorosas rutinas impuestas por el terror.

Hay de todo en esta mezcla de respuestas. Pero sin duda, sufrimos un trauma colectivo que es la mezcla de hitos históricos, recuerdos personales y rabia contenida. Necesitamos ese abrazo que nos funda a todos en la misma experiencia de dolor y minusvalía, esa sensación de haber sido tan vulnerables a la fuerza ejercida con tanta indignidad por otros venezolanos que encarnaron el mal que se enseñoreó entre nosotros.

La gente recuerda aún esa sensación de inexplicable derrota que todos sentimos el 11 de abril del 2002. Como si se tratara del tiro penal que erramos y que nos sacó del mundial. A partir de ese momento el régimen terminó de mostrar los colmillos, los sacó y nos mordió. Y fue la primera vez en que la traición de la estupidez, las consecuencias de la irreflexión, los desacuerdos sobre el qué y el cómo transformaron una audaz victoria en una derrota imposible de prever. También fue la primera vez en la que el elenco del fracaso calló y no asumió su responsabilidad. Comenzaron a demostrar que ellos preferían vivir de la nueva situación.

El amigo @Frjavi2 recuerda la emboscada: “El 11 de abril con los pistoleros de Puente Llaguno y Chávez ordenando sacar tanques… El día que sacaron sus colmillos”. @reinaldoalfonso lo condensa todo en una frase: simplemente “El 11 de abril”. El @morochoElio aporta el dato del “13 de abril 2002” (el contragolpe que consolidó el poder).

Pero una cosa era intentar ver los acontecimientos desde la comodidad del televisor de la casa y otra muy diferente experimentar en carne propia los desmanes del chavismo. Desde el principio hubo la predisposición de ejercer violencia directa contra personas. Violencia vil, pura y dura, narrada eufemísticamente, que provocó en las víctimas y en los obligados espectadores el estrés postraumático afincado en recuerdos muy personales.

Aquí las respuestas duelen más porque son vivenciales. @Barbaraadejesus compartió que fue “El día que le pasaron una tanqueta por encima a alguien que conocía en medio de las protestas”. @igcapriles dijo que fue “el 21 de abril de 2014, cuando le dispararon a mi hijo una lacrimógena a la cara y casi lo matan. La persecución posterior para meterlo preso”.  @NelkBSI señaló “Vi como los colectivos mataron un chamo en Barquisimeto… La gente de la universidad pensó que era yo”. @Najogon confiesa que para ella “hay varios, pero le voy a mencionar dos que me marcaron profundamente: la lucha del Sr. Franklin Brito y su posterior fallecimiento, el día que murió lo lloré como si fuese alguien cercano a mí”.

Con ella entramos a momentos críticos que nos demostraron también nuestra impotencia. @janpalach2 recuerda “el asesinato de Fernando Albán”; @maximoavk dice que fue la muerte (en situaciones extrañas) de Danilo Anderson; @chapotinsilvia alude el despido masivo de PDVSA 2002-2003. @German356 sugiere que fue la “profanación del sarcófago de Bolívar; @maximoavk apunta a “Lucas Rincón anunciando la “renuncia” de Chávez que luego se retractó.

Y lo peor es que esta es una historia de agravios muy incompleta. Cada uno de nosotros tiene su propia vivencia.  

El 26 de mayo de 2025, cerca de las nueve de la mañana, estando yo grabando uno de mis programas de la serie “Aquí se habla libertad” comenzaron a repicar todos mis teléfonos. Que eso sucediera me parecía extraño. Pero que además coincidieran en la llamada la novia de mi hijo y una amiga mía de la que no tenía noticias hacía tiempo me encendieron todas las alarmas. Contesto y me dicen: A tu hijo lo acaba de detener el SEBIN en sus oficinas. Liberado en la noche, nos fuimos del país lo más rápido posible. No hemos vuelto. Y si, dejamos atrás todo. Y nos acostumbramos a vivir la vida que tiene el tamaño de una maleta.

Les confieso que escribo este párrafo y comienzo a revivir la experiencia de fragilidad que me recordó ese día que todos, todos, estábamos marcados. Y que el mal es difuso, es protagonizado por venezolanos con capucha, unos cualquiera que hacen su trabajo sin hacerse demasiadas reflexiones sobre la ética o el valor de sus acciones. Es difuso, pero tiene nombre: socialismo del siglo XXI. Y un elenco que es fácilmente identificable.

Por eso me atreví a hacer la pregunta en las redes de X. Porque ratifica lo que todos sabemos, que somos partícipes y víctimas de un trauma compartido que no se reduce a una fecha o un muerto: es una cadena ininterrumpida de humillaciones, muertes y destrucción institucional desde 1999 hasta hoy.

Responder a la pregunta es hacer catarsis. Yo creo que la gente necesita nombrar el dolor para no ahogarse en él. Y la respuesta más honesta y repetida es: no hay un solo episodio. Todos son uno solo. 27 años de oprobio continuo.

Pero en cada momento, y esto es lo más importante, la oscuridad no fue completa. Hannah Arendt lo dice con belleza: “Que aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que dicha iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo casi cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir en la tierra”. La esposa, el amigo, los hijos, la familia… todos fueron expuestos a la prueba y algunos la superaron con excesos.

Pero hay que decirlo. Otros no lo lograron. Tal vez los menos. En cada momento hay la necesidad de desechar el lastre emocional de saber que este o aquel no estuvo a la altura de las circunstancias. Tal vez por miedo o por mezquindad. Será Dios el que juzgue, porque en cada caso está la esencia de la bienaventuranza que promete la gracia al que se atreve a estar cuando los demás estamos desvalidos.

Creo que debemos quedarnos con los que tomaron nuestras manos y nos ayudaron a salir del atolladero. Esos que llevamos en nuestro corazón y que no decimos sus nombres porque todavía la fiera anda suelta, sigue siendo voraz, está herida, pero sigue siendo muy peligrosa.

Ojalá este tiempo termine de concluir, para que nuestros muertos descansen en paz, y nosotros podamos ir a sus tumbas para anunciarles que ese tiempo que los mató ya concluyó. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

María Corina: El sobreuso de la virtud política

¿Amanecerá de nuevo?

¿Y quién es mi prójimo?