¿Qué significa desmontar el chavismo?

Por Víctor Maldonado C.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

20 abril 2026

 

Los procesos de cambio transformacional son arduos porque tienen que afectar la cultura, las instituciones, las prácticas, los procedimientos, las personas y la dimensión estratégica. Requiere de inteligencia y de tiempo. Y de un manejo muy balanceado de la persuasión y de la fuerza. El primer mensaje es que no hay cambio que sea fácil. Y cuando lo que se practica es la cosmética, más temprano que tarde se cae el maquillaje y tenemos que enfrentarnos a la verdadera cara de las cosas.

Desmontar al chavismo no es solamente un recambio de personas, que en estos procesos de cambio transformacional resultan imprescindibles. Requiere que alguien con poder para hacer el cambio tenga claro el guión. Nada cambia por su cuenta y los procesos “autopoiéticos” por los que los sistemas se reinician a sí mismos y cambian la raíz de su racionalidad son parte de la leyenda urbana, pero muy difíciles de encontrar en la realidad. El segundo mensaje es este: todo proceso de cambio necesita liderazgo establecido que además de tener clara la ruta tenga todo el poder que se necesita para hacerlo.

El caso venezolano es peculiar. Porque ha ocurrido una verdadera fusión cívico, militar policial alrededor de un proyecto criminal con ideología socialista. Por eso, desmontarlo tiene dos vertientes. Por un lado, abatir el destruccionismo socialista. Por el otro vencer al ecosistema criminal, esa trama de intereses y articulaciones con el crimen cuyo objetivo era y sigue siendo fortalecer a los enemigos de Occidente.

Comencemos por el destruccionismo socialista y por qué resulta tan atractivo. Porque es una trampa populista. Mises compendia la falsaria propuesta del socialismo en esta frase: “A la distribución injusta de los bienes sucederá una repartición equitativa, y la necesidad y la miseria desaparecerán y todos gozarán de prosperidad y bienestar”. Todo esto bien provisto por un líder demagogo y populista que ofrece lo que el pueblo aspira a que le den. Estos demagogos hablan del interés general y de las exigencias de la moral como si fueran santones de una nueva época. Una medida tras otra expolia los derechos de propiedad e interviene la economía hasta hacerla totalmente posible e impracticable.

Cada decisión fallida implica una medida más autoritaria que la anterior hasta constituir una espiral totalitaria cuyo interés es la represión y el ocultamiento de la verdad. Cada medida satisface el interés voraz de un burócrata corrupto que se enriquece con cada medida restrictiva mientras la libre empresa agoniza hasta morir. Y sin empresa, no hay empleos, no hay libertades y no hay futuro.

Coincido con los que dicen que el socialismo no se desmonta a sí mismo. El socialismo es una ideología falsa e irrealizable que siempre enarbolan un grupo de oportunistas que carecen de la moralidad de la no contradicción. No se contradice quienes están preparados para mentir y matar a todos aquellos que reclamen el rescate de la verdad y el sentido común. Los que se atreven a refutar las mentiras crecientemente ridículas, terminan presos, exiliados o muertos. Mientras tanto, los detentadores ilegítimos del poder totalitario pierden la vergüenza y manejan la táctica, avanzan y retroceden, se doblan para no partirse, y como hemos visto, no tienen problema alguno con la traición, siempre y cuando puedan sobrevivir en el poder dirigiendo esa maquinaria de destrucción, saqueo y violencia que les da sentido.

Desmontar el estado totalitario socialista es despojar de toda lógica esa ansia irredenta de poder que los caracteriza. El socialismo es destruccionismo y lo que deja como legado es la ruina social. Deponer el estado socialista es deponer sus instituciones, revocar todas sus leyes y sobre todo derribar el guión cultural que les permite difundir el odio por la libre empresa, el sistema de mercado y el gobierno limitado.

Este problema social tampoco se resuelve con elecciones. Porque el destruccionismo es una cultura que también provoca su contracultura. No es posible destruir el socialismo obvio con medidas socialistas desde un gobierno excesivamente poderoso. Tampoco se derrumba desde el mesianismo providencialista que tiene una solución súbita para cada necesidad social. Debo decir que el liderismo carismático que se alterna secuencialmente en cada uno de los políticos que reciben respaldo popular es la contracara idéntica de lo que decimos que deseamos superar. Pero la verdad es que ambas, cultura y contracultura se consiguen en la confluencia del saqueo amoral y la preservación perversa del estado intervencionista para practicar el mismo autoritarismo.

El tercer mensaje es este: El cambio que necesitamos requiere de un liderazgo que invierta todo su poder y legitimidad en desmontar la cultura del mesianismo que se realiza en la voracidad de los gobiernos fuertes.

Pero avancemos en la confluencia del socialismo con el ecosistema criminal del cual es su apelación ideológica. Todas las experiencias socialistas latinoamericanas terminan siendo corruptas, criminales y falsarias. Cuba, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile son todas comprobaciones de lo dicho. El maridaje natural con la violencia, el narco y la delincuencia organizada son más que obvias. Todas tienen su sombra.

Por eso desmontar el chavismo es despojarlo del monopolio indebido de la violencia: el monopolio de las fuerzas armadas, el monopolio de la policía, el monopolio de los paramilitares, el monopolio del poder judicial y la fusión revolucionaria de todas estas fuerzas en una práctica revolucionaria cuya vocación es aplastar a los venezolanos y jugar a ser los enemigos habituales de Occidente. No es casualidad que seamos los anfitriones de cualquier iniciativa que se proponga destruir mediante el terrorismo a los escudos de nuestra civilización. Por eso el guión comienza rompiendo relaciones con Israel, proclamando la afinidad con “la causa palestina”, privilegiando las relaciones con Irán, hospedando núcleos terroristas de Hamás, Hezbolá y similares.

Desmontar el chavismo es desalojarlos a todos y recuperar el territorio. El cuarto mensaje es este, el cambio que necesitamos implica organizar y permitir la presencia de una coalición militar que nos permita recuperar la soberanía que está alienada por todas esas organizaciones del terror.

Pretender que todo esto se puede hacer cabalgando sobre la fusión cívico, militar, policial del chavismo es profundamente irresponsable. Primero hay que desmontar todas y cada unas de las instituciones de la perversidad, reemplazarlas y, en paralelo, liderar la limpieza y el rescate territorial del país.

El quinto mensaje es este: Un presidente elegido preservando esta fusión revolucionaria solo se convertiría en un rehén de su propia candidez. Jugar a la democracia sin República es la trampa: porque tendríamos un presidente elegido democráticamente constantemente cercado por las fuerzas oscuras de la revolución atrincheradas en las instituciones tomadas. Primero hay que salir de todas ellas.

Ojalá los liderazgos con arraigo popular tuvieran la madurez de construir un agenda de reconstrucción republicana y propongan una junta de reconstrucción nacional que ejerza por dos años una dictadura con mandato específico: rehacer el sentido del estado, achicar el gobierno, desplazar todas las instituciones tomadas, abolir estás FFAA, rehacer las policías, crear un sistema judicial probo, y un sistema electoral confiable. Eso no se puede hacer jugando al buenismo democrático. Porque para jugar a la democracia primero debemos garantizarnos una república.

El marco legal no puede ser la constitución socialista. Lo primero que debe hacer esa Junta es regirse por un estatuto y tener como marco la Declaración Universal de los DDHH.

Los líderes deben participar en la construcción de ciertos consensos de élite, en lugar de estar apurando procesos que deben tener el tiempo necesario para afianzarse. También deben garantizar unas reglas del juego, confiables y valederas por las que todos tengan expectativas reales de llegar al poder, garantizando una continuidad que beneficie al país y permita la prosperidad que todos los venezolanos aspiran.  

Los líderes tienen que reconocer que van a recibir un país moralmente extenuado, diezmado en sus capacidades, retrasado en su desarrollo, endeudado hasta los tuétanos, sin seguridades, sin confianza y lo peor de todo, esperando el súbito milagro de una transformación radical de sus condiciones de vida que es imposible realizar de un día para otro. Por eso es tan importante garantizar una Comisión de la verdad y Justicia eficaz, caiga quien caiga. Y más de uno de los que se dicen “nuestros” está guindando.

Ese consenso de élites debe acordar un modelo de Estado razonable y financiable, que a mi juicio debería tener por lo menos las siguientes características:

1.     Más mercado y menos estado, lo que significa renunciar al monopolio de la riqueza del suelo y del subsuelo, en manos del gobierno, invocando al estado. Esto es un cambio transformacional que debe bregarse, invirtiendo en ello mucho poder.

2.     El modelo de educación pública hay que invertirlo, centrándonos en la educación preescolar y primaria. Los sistemas de bonos transparentan la gestión. Las universidades públicas tienen que repensar los términos de su autonomía y buscar no depender del presupuesto, pero también parecerse a la sociedad en la que está. Hay que eliminar los privilegios populistas.

3.     Hay que pagar tarifas de mercado. El gobierno, gobernantes y políticos deben renunciar al control de precios, control de tarifas, y a la intervención indebida y contraproducente del sistema de mercado. El discurso político debe renunciar a jugar al populismo demagógico con la salud económica de las empresas.

4.     Hay que renunciar al proteccionismo populista. No hay mercado sin competencia. Más competencia, más soberanía del consumidor y mejor posibilidad del cálculo económico.

El problema de las promesas de los providencialistas es que no tienen que responder por la secuencia de su implantación. Más que un plan ubicado en un futuro utópico porque carece de restricciones, necesitamos un plan que tenga un buen diagnóstico y que tenga claro el punto de partida: Un país sin energía y sin empleos, sin seguridad y sin buenos servicios públicos, sin confianza en sus instituciones, que por eso mismo no puede integrar a 1, 2 o 3 millones de personas que quieran volver. Y que tampoco puede garantizar una transformación súbita de las condiciones de vida de los que esperan en Venezuela algún indicio de que las cosas van a cambiar con la velocidad taumatúrgica que les ofrecieron.

Yo entiendo la ansiedad política. Un político que siente que le arrebataron indebidamente su oportunidad tal vez no quiera esperar tanto para debutar. Pero debería contestarnos a todos si eso que ofrece es posible: ¿En serio tienes poder suficiente para desmontar el chavismo y realizar tu programa de gobierno? Porque son dos tramas diferentes y secuenciales. Lo primero significa restaurar la república, lo segundo experimentar la democracia.

Un último consejo: Hay que serenarse y domar las propias expectativas. Hay que hablar con la verdad. Hay que confiar en que el país estará a la altura de las dificultades y por lo tanto, tendrá la paciencia y la fortaleza para transitar por todo el proceso sin perder la esperanza.

 

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