La insoportable redención del elenco del fracaso.
La insoportable redención del elenco del fracaso.
Por: Víctor Maldonado C.
E-mail: victormaldonadoc@gmail.com
28 de mayo de 2026
Casi al filo de la medianoche sonó mi teléfono. Mi
talante angustioso y apocalíptico temió lo peor. Estas no son horas, pensé,
mientras trataba de ajustarme los lentes, única forma que tengo de afinar la
mirada para tratar de saber qué había pasado, qué justificaba ese timbre
inoportuno.
¿Quién se murió? Fue mi acerada pregunta. No medió
saludo. Esperaba la respuesta desgraciada, única justificación para que a esa
hora alguien quisiera conversar conmigo. Pero no.
Era mi sempiterno amigo, que, sin saludarme y mucho menos
justificarse, me disparó una pregunta acuciante. ¿En serio se reunió con esa
parranda de perdedores?
Habiendo escuchado la pregunta, respiré profundo,
agradeciendo nuevamente que no haya sido esa noche la que me rasgara el alma
con el dolor de una pérdida. No era poca cosa que la noche tuviera ese
inesperado epílogo, sintiéndome extraviado entre el exilio inubicable y cierto
hastío por un país que sigue sumido en su propio laberinto.
Luego del suspiro, como para cortar el silencio que ya
iba haciéndose incómodo le dije que sí. Que no había truco ni posibilidades de
interpretación. Que la mesa, sus integrantes, el tiempo dedicado y el
inaccesible silencio que vino después, ratificaba lo que él ya sabía pero que
le costaba reconocer: Que estábamos siendo espectadores de la redención del
elenco del fracaso.
Porque ¿qué otra cosa podía derivarse de una convocatoria
de matices anfictiónicos? Allí estaban los restos de una forma de hacer
política especializada en la simulación de la lucha, el reacomodo constante con
el régimen, la detestable connivencia con el socialismo y el despojo de la
coherencia y la integridad que ocurrieron en el transcurso del interinato.
Mi amigo se sentía traicionado. Pero una traición de novela negra policíaca, cuando el
que te decía que te iba a rescatar, al último minuto se voltea y te dispara a
ti, mientras suelta una carcajada siniestra. ¿Cómo es que no viste el juego de
manos? ¿De qué te sorprendes? Esto culmina en Panamá. Pero allí no comienza.
El origen es más lejano. Tiene que ver con los revolcones
de un interinato que se corrompió y al final mostró sus cartas. ¡Había como
repartir, y repartió! La insólita y extravagante Asamblea Nacional, inútil pero
inextinguible, aseguraba sueldos completos a diputados, y “dolitos” para mantener
a buena parte de un exilio exquisito.
La fortuna a veces favorece a los perversos. El período de Biden permitió meterles las manos a
recursos de fondos de cooperación. El entusiasmo inicial que despertó Guaidó
tuvo como consecuencia flujos de recursos que fueron debidamente recibidos y
distribuidos con una extravagante forma de repartición en la que participaron
todos, pero unos más que otros. Cuatro partidos decidían los qué y los cómo.
Voluntad Popular, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y Acción Democrática.
Si bien es cierto que vimos con asombro “La dictadura de
los Cuatro”, también lo es que todos gravitaron alrededor de ellos. Digámoslo
así, cada uno recibió lo suyo. También la pequeña fracción 16J, que de repente
se volvió golosa, salivando lo que les iba a tocar y les tocó.
Todos fuimos testigos de tres momentos catastróficos: La
corrupción de Monómeros, la exhibición grotesca de un nivel de vida
inalcanzable para millones de venezolanos que estaban recorriendo el desierto
de la diáspora, y el desplome radical del sueño del interinato. ¡Ni transición,
ni elecciones libres!
Pero volvamos a la pregunta, le dije a mi amigo, mientras
el reloj avanzaba raudo y veloz hacia lo más profundo de la madrugada. Son los
mismos, con los viejos procedimientos y una ruinosa forma de asumir la
política. Y para colmo, las mismas razones. Ciertas formas de hacer política
terminan dependiendo del dinero, venga de donde venga. Y ellos son los que
tienen el dinero. Y no lo dan gratis.
Este es un país, querido amigo, muy amoral. No les importa. Así como nunca les importó que un
General de la República viviera por encima de los ingresos de un militar a
tiempo completo. Nadie le pregunta al mesías de turno cómo vive como vive. Nadie
le pregunta cómo hace para mantener su propio cortejo. No pensamos en términos
de integridad. Esa es la forma “a la venezolana” que se impone como un yugo a todos
nuestros procesos.
Esto es muy viejo. Esa obsesión por las apariencias y
porque estemos cerca de “donde haiga”. Nadie está especialmente interesado
en obtener como resultado una república decente. Prefieren la picarona, la
que nos permite igualarnos, la que, si nos arrimamos bien, nos toca nuestra
porción rebosante de la teta distributiva.
Vivimos la época del selfie comprobador. Una foto y el
pequeño mensaje de treinta segundos nos ubica dentro de esas fronteras donde
todo vale, y lo único que no tiene valor es la autenticidad. Discursos vacíos y
agotados se intentan una y otra vez. Es como el primer trago del día para un alcohólico.
Tú sabes que el problema es el atardecer, ya borracho, desprovisto de toda dignidad.
Así somos. No te aflijas. Nuestro infierno es repetirnos.
No nos engañemos. Este es un país de antihéroes. De putañeros convictos y confesos que luego son
investidos de liderazgo político, muy por encima de la enfermera aquella que
redobla las guardias para atender a ese moribundo tan pobre y solitario que no
tiene quien le dé un poco de agua para consolar esos labios resecos propios de
la agonía. Esa enfermera es la pendeja. Y el putañero, el nuevo galán de la
película.
A este galán lo abrazan y le dan tarima. La enfermera se
disuelve en ese anonimato tan conveniente, porque ni estorba ni contrasta, transformada
en el mejor de los casos en una pequeña jaculatoria para enervar un segundo de
un discurso cansón, que ya no transmite nada. La esperanza está agotada, pero
la gente tiene derecho a su cuota de sueños.
A lo lejos resplandece un relámpago. ¡Palabra cierta!
Desgañita mi amigo cuando presiente el trueno que rompe la placidez de la noche
y el continuo de la conversación.
Tú mismo me has dicho más de una vez que no es este el
momento. Que habrá tiempo para lanzarlos por la borda. Que ahora tenemos que
enfocarnos en salir del régimen. ¿Y ahora qué me vas a decir? Porque este
régimen está caído. Ellos lo dicen, y todos lo sabemos. Estamos viendo sus
lentos estertores, mientras esa oposición voraz de poder prefiere clavarles la
daga de una buena vez, para acceder a todos los privilegios de quienes mandan. ¡Cuidado!
No es ganas de arreglar el país. Es la pulsión del asalto para mostrarse desde
lo alto. Todos tienen su propio delirio y su propio Chimborazo.
Cipriano Castro es una maldición que se repite. Y lo que
le pasó después, cuando la capital lo intoxicó de placeres, es el castigo. Una
maldición en dos tiempos. El asalto y la conscupiscencia. ¿Dónde quedó la
sencillez y esa austeridad que seducía? Ahora es la marca la que pone la
primera frontera y marca la distancia. Y no vale disfrazarse de calle en los
cada vez más escasos baños de pueblo.
Los venezolanos sufrientes de la diáspora no tienen ni
siquiera la energía para ir a un mitin. Esos permanecen invisibles y al margen.
La bulla, la tarima, los selfies, narcotizan al líder y les hace perder sentido
de realidad. Los “nadie” siguen allí, lejos de los salones y las recepciones. ¡Coño!
Que no era Lady Gaga. Alguien se confundió de guión.
Entonces tú me llamas a medianoche y me preguntas ¿qué
pasó aquí? Yo creo que están carcomidos por la ambición y el afán de gloria.
Nada de eso de “amar y servir”. Más bien un homenaje a Hobbes, a las ganas, a
la necesidad de satisfacerlas. Y esas ganas tienen precio. El precio es la
falta casi total de integridad. De nuevo, Miraflores, ese palacio pavoso, feo y
tóxico “bien vale una misa”.
La consigna que llevan todos ellos entre pecho y espalda
es brutal: Gobernar entre las ruinas de un país que hay que reconstruir desde
sus cimientos morales. Los mismos que se fueron de putas, que babearon a
Monómeros, que se repartieron los fondos de la república, que malograron la
Fundación Simón Bolívar de CITGO, que crearon una red de ONG’s para apropiarse
del dinero de USAID, y que para colmo hacían campaña por los demócratas. Esos
son los que dicen ahora que van unidos. Porque ¿Qué puede unir más que el
botín?
Parece un chiste, pero es una desgracia monumental: Que
sean ellos los que digan que van a reconstruir el país. ¿Y sabes qué? ¡No
tienen entrañas morales para hacerlo! Porque lo que más me perturba es el
mecanismo. El modo de proceder para repartirse cuotas de poder y de recursos
mal habidos. Me angustia que ellos no duden en poner a sus mujeres a mentir y a
ser cómplices que lavan, o intentan lavar la sucia reputación de todos ellos. Si
tú eres capaz de corromper a tu mujer para salvarte el pellejo, no creo que se
pueda esperar de ti esa grandeza mítica que es necesaria para liderar el país.
Y ella, que se abrió espacios desde la supuesta
diferenciación, en lugar de explotar esas diferencias, ella es la que se
iguala. Ella ahora dice que su papel es tejer, bordar una nueva etapa de la
alianza con los mismos. Ella, ahora metida a redentora, ¿morirá crucificada? La
redentora del elenco del fracaso.
Tú sabes que se lo dije millones de veces: “vino nuevo en
odres nuevos”. Y si se lo tuviera que decir ahora le diría “tejer un nuevo manto
exige nuevos hilos”. Pero no, prefirió ser la remendona de lo imposible, por
rasgado, de lo que está irremisiblemente vencido. Leopoldo sonríe. ¿Estás de
acuerdo?
¿Qué ocurrió para que el país fuera de nuevo apartado,
relegado, excluido, mientras ellos se reúnen para una nueva repartición? ¿Por
qué esa oportunidad de redención al elenco del fracaso, de los que forman parte
de un ecosistema que tiene capacidad de replicarse, precisamente porque carece
de integridad y justicia, precisamente porque escamotea la verdad?
Lo que a ti no te deja dormir tiene que ver con las razones.
¿Por qué comete una y otra vez la misma pendejada? ¿En qué personaje anda
metida?
Llegamos querido amigo al talante personal. Esa dimensión
desconocida de los líderes venezolanos. Una ambición desmedida, una pulsión
irresistible, unas ganas de poder, todas ellas con ganas de ser satisfechas a cualquier precio. Para todos
ellos, el enemigo es el mismo: Aquel que les dice que andan desnudos, que no
tienen valores suficientes para remontar la cuesta, que no todo vale lo mismo.
Y que no todos valen lo mismo.
Líderes que se confinan en una torre inaccesible,
resguardada por una corte de adulantes, mandarines atentos a proteger lo poco o
mucho que les corresponda en reconocimiento a sus afanes. Estos líderes
terminan aturdidos por sus propios ecos. Se oyen a si mismos, y los silbidos
devueltos por el viento tratando de competir en ese certamen de adulancia. No
hay rosario que pueda con eso.
¿Qué cuando se jodió el país? ¡Siempre ha estado jodido! Somos una mesnada de impenitentes que andan aturdidos en
un laberinto sin salida, siguiendo la huella fugaz de la sombra del líder del
momento. ¿Sabes que es lo peor? Que no nos ciega su luminosidad. Seguimos las
huellas de lo oscuro, como esta noche, donde la respuesta es tan banal que resulta
ser incluso vulgar. Para todos el país es lo mismo: la mina, la teta, el tesoro
escondido, el bandidaje.
Mejor nos vamos a dormir.

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